miércoles, 23 de abril de 2014

Por qué escribo...


Decía Gabriel García Márquez que escribía para que sus amigos lo quisieran al tiempo que sonreía con sosegada amabilidad para los desconocidos que cariñosamente lo llamaban "Gabo" sin haberse topado siquiera en otra vida. Escribiendo y no de otra forma se hizo de millones de amigos que con el paso de los años lo fuimos queriendo como si de verdad hubiéramos visto con los ojos de Remedios la bella, porque contemplamos la muerte de Santiago Nasar o de cuando en cuando nos ataca el síndrome de Florentino Ariza.

No me sorprendió que tuviéramos un pensamiento similar; no obstante, si nos atenemos a la unilateral y homogénea línea del tiempo, fue él quien lo dijo primero. Pero igualmente dijo que las ideas no le pertenecen a nadie...

Gabriel García Márquez. Foto: La Jornada.

Yo siempre argumenté que escribía porque quiero que las personas estén orgullosas de mí y me quieran. Lo dije como a los ocho años cuando descubrí un poema de Sabines, a los doce cuando leí la primera de una docena de novelas de Saramago y a los veintidós cuando me encontré con José Carlos Becerra.

Pero no hay escritor con suficiente vida si no tiene por lo menos un par de reveses. Un mal editor, un texto que no causó efecto o lo peor: perder tres años de cuentos, cartas, poesías y desvaríos por un error informático. Hace casi ya dos meses perdí el documento que contenía la esencia de mis noches, la acuarela de mi dicha y mis lágrimas de tinta vertidas sobre el invisible cielo de mi computadora.

Sentí como si me hubieran quemado la casa, como si el huracán hubiera pasado encima de mí o como cuando un ladrón descubre que le han vaciado el departamento. De ello no quedó más que algunos fragmentos que conservo porque algunas noches tuve el arrebato de mandar a remitentes al azar.

Me gustaría decir que me he recuperado del cruel gazapo de esta triste tecnología. Como paliativo, diariamente escribo para un periódico especializado y de vez en cuando me da por escribir un reportaje que mis editores mutilan.

Tengo veintiséis años y escribo de finanzas y economía para El Financiero. Hace como una década, cuando tomé la decisión de estudiar periodismo porque sabía que lo que quería era escribir y trastocar conciencias con una buena estructura. Ya antes había pensado en estudiar letras inglesas o cualquier cosa que me pusiera frente a una página qué llenar con sesudos comentarios y profundas investigaciones.

No obstante, pasaron muchos años tras haber los pasillos de la universidad para que pudiera ver mi nombre escrito en las páginas de una publicación impresa, lo cual sucedió un 16 de abril de 2013, cuando mi primer texto apareció en Hacker de Excélsior.

Cuando el entusiasmo se me enciende escribo cuentos como queriendo reescribir lo que es probable que un día olvide y para que las personas que quiero no dejen de quererme. Los que me conocen, saben que en el punto álgido de mi ternura suelo poner en sus ojos palabras mías como la ofrenda más preciosa que puedo ofrecer por el amor que me dan.

Mi primera portada. Reedición de El Financiero. Miércoles, 26 de febrero de 2014.
Hace algunas semanas ya, uno de mis reportajes vio por vez primera la portada y mi nombre se posó en la primera reedición de El Financiero. Nunca mis palabras me hicieron sentir tan dichosa.

Quién sabe cuál es el impulso que me lleva a escribir y preguntar por historias, a tomar las palabras y estructurarlas entre cifras y gráficos y por otro lado juntar los fragmentos de mi imaginación cuando me da por hacerle al cuento.

Escribo para saber de ustedes y conocer el mundo, porque para poder escribir una página antes debimos de haber leído unas cien.  

Escribo porque nací para esto. Escribo 'por qué' y me llena el horizonte. Gracias a ustedes por leerme, porque creo que es así como se construye el mundo: por quienes lo escribimos al mismo tiempo que buscamos leerlo.

Esta es quien les escribe (en una toma selfie, tan de moda ahora). En ocasiones también sale en tele, pero esa es otra historia. 



jueves, 15 de noviembre de 2012

De los temblores.


Toda mi vida supe de temblores.

Siempre desperté con la suave oscilación de un brazo en mi hombro diciendo “ya es hora…” para irse a la escuela. La fuerte sacudida del nervio al estar acompañada. El simulacro escolar sólo para hacerme correr. La voz trémula al hablar en público. La agitación del corazón cuando aprendí a andar en bicicleta. El terremoto neuronal en el examen de química.

Luego vino el amor y su trepidación. El estremecimiento de una caricia. Tiritar de deseo. La impredecible vibración de un orgasmo.

Hemos estado en sismo todo el tiempo, pero sólo cuando se sacude la tierra podemos percibirlo.

9.2.1 en escala de Rodríguez-Pacheco para el corazón. 6 en la escala Saffir-simpson para mis ojos. 

jueves, 18 de octubre de 2012

Cuento breve para el fin del mundo.


Como en el inicio de un mal chiste, se abrió el telón.

Era la puesta en escena del Sistema Solar.

Y el único villano, era la Tierra...



miércoles, 3 de octubre de 2012

2 de octubre. No.


Ya es 3 de octubre y todavía no se me olvida…

Por fortuna, mi generación y todas las posteriores a ese aciago día no tienen ni idea de lo que pasó. Pero podemos imaginarlo perfectamente…

Desde muy pequeña tuve conciencia de lo ocurrido, porque me lo contó mi abuela y todos mis profesores al punto del llanto, de la desesperación o de una apasionada furia. Después de sus palabras, nunca supe cómo pudieron arremeter contra ellos, en qué descabellada novela cabían armas de un lado e idealismo del otro; no entendía qué clase de abominable monstruo arrebataba la vida de unos sólo por querer un cambio. En verdad… no me cupo en la cabeza entonces y la violencia aún es para mí una idea demasiado voluminosa para mi diminuto y soñador cerebro.

Pero no voy a hacer historia porque ésa abunda y parece ser sólo un síntoma de saturación social. Voy a hablar del 2 de octubre como yo lo he vivido y como creo que lo vivimos los que no lo vivimos.

Es inherente a los universitarios: la efervescencia de la sangre, la voz crítica y el espíritu disertador. Fuimos a clases de Historia de México y, sobre todo los que crecimos en área tres, nos documentamos hasta el hartazgo del hecho: Poniatowska y Rojo Amanecer como documentos de cabecera. No hay un solo estudiante con el saco bien puesto que no sepa qué ocurrió. Lo triste del asunto es que aún a estas alturas del devenir, no conocemos las causas precisas de por qué ocurrió.

Aquí podemos abrir un paréntesis de discusión: que si el momento histórico, que si las olimpiadas, que si el gobierno y sus antecedentes; García Barragán y el batallón Olimpia… sí, sí, sí… pero explíquenme. No puedo argumentar muertos porque no tengo mentalidad asesina, no puedo pensar en planes tan siniestros cometidos en contra de quien tiene esa vocación: estudiante, libros, clases y argumentos. Llámenme ingenua, llámenme idiota. No entiendo.

Lo terrible de esa opacidad es que desde 2002, año en que entré a la Escuela Nacional Preparatoria Número 6, he visto a mucho inscrito (digo inscrito, no estudiante) armando revueltas gratuitas, desmanes sin propósito y agresiones vacuas a todo lo que aparenta ser una fachada de poder. No existe justificación para la agresión ni argumentos para la violencia anónima en un loop que se repite cada año. Otros no tienen siquiera la gracia de estar inscritos en alguna universidad: me consta que son porros. Provocadores. Buscapleitos.

¿Es ese el espíritu del 68? Ya no hablemos del movimiento global; hablemos de una situación meramente local. No puedo, en verdad no puedo justificar agresiones gratuitas. Pero tampoco me malentiendan: no creo que por unas manzanas se ha podrido la canasta. Yo he asistido a decenas de manifestaciones con puras consignas y alguna pancarta.

Sin embargo, soy consciente que lo ocurrido en 1968 en México es irrepetible, porque aquellos estudiantes contaban con un elemento que el #yosoy132 no tiene: menos egoísmo. No pensemos que vamos a hacer historia, porque es tan vanidoso como megalómano… No está en manos de un colectivo, ni de un solo individuo, ni en un solo grupo o escuela: está en una idea. Un pensamiento que trasciende y persiste. Ese, es para mí, el verdadero espíritu.

No me regañen, por favor. La comparación es inevitable porque de entonces a acá, un movimiento estudiantil no había llegado siquiera a ganar nombre y todavía me gana el entusiasmo de que este ímpetu de cambio, florezca.

¿Qué he visto cada 2 de octubre? Lo mismo: un estandarte glorioso, pero gastado. Ya sabemos de algunos líderes estudiantiles bien plantados en diputaciones o senadurías. Pero he de celebrar que a diferencia de ellos, mucha más gente puede simpatizar con la inconformidad de un estudiante porque los medios, las voces y la situación han cambiado. Pero la represión, ésa… está latente. Siempre contundente y tácita.

El 2 de octubre no se olvida.  

Yo no puedo olvidarlo porque lo viví sin vivirlo.

Que no se nos olvide...

viernes, 15 de junio de 2012

Mecánica.


– Quisiera que le dé un vistazo a mi coche, sabe… desde hace un par de días no deja de hacer ese insoportable ruido.

El hombre de overol, tras una rápida ojeada y con el vehículo aún encendido, tiró el cigarrillo de sus labios.

-¿Arranca?

- Ehm... pues sí... todavía.

– Vamos a dar una vuelta para ver qué pasa… –dijo con gesto indiferente y presuroso.

No era un mecánico cualquiera: había desgastado su paciencia por años en los pasillos de la Facultad de Ingeniería y su último recurso ante el infortunio de cualquier egresado era terminar en su cochera despachando señoritas montadas en ruidosas carcachas de segunda mano, cobrando tan onerosamente como el vecindario se lo permitía. Cada que llegaba una mujer era la misma historia: algún desperfecto en la máquina, por insignificante que fuese, era buen pretexto para cobrar una buena lana.

A primera vista, el coche en cuestión era un armatoste tan recorrido como maltratado, con la pintura deliberadamente rayada y tan lleno de intemperie que era un milagro que todavía caminara… ya no digamos correr.

El (ahora sabemos) ingeniero, acomodó las aceitosas manchas de su vestimenta en el asiento del piloto y la acongojada dueña de la destartalada carrocería ocupó el segundo lugar frente al tablero. Apenas puso el auto en marcha, el sonido de aquél artefacto motorizado se hizo insoportable, fastidioso y repulsivo a cualquier tímpano. No es que fuera chirriante, ni un desgastado crujir de un metal viejo, un engrane sediento de composición o una distorsión sonora usual, síntoma de una clara disfunción automotriz sino todo lo contrario: era un sordo zumbido, una tibia vibración sin un origen plausible, un palpitar vago pero tan estridente que apenas dieron una vuelta a la manzana cuando el técnico paró nuevamente en su establecimiento.

– Tengo que checarlo más a fondo. Estas viejas máquinas suelen dar estas sorpresas… Déjemelo y venga mañana –sentenció fulminante.

La tarde siguiente, la propietaria de esa carcacha con llantas llegó tan o más afligida que cuando arribó por vez primera al anónimo taller donde se suscita este relato y que no era más que una amplia cochera ubicada en una colonia clasemediera de una ciudad sórdida de tráfico.

Pese a las observaciones iniciales, nuestro ingeniero en solitario no pudo encontrar mayor defecto que los años pasados por encima, los kilómetros recorridos y el evidente descuido de la costumbre. Sin embargo, todo el motor y la carrocería entera eran perfectamente funcionales y ni un solo ruido se produjo durante las pruebas. Este mecánico era un granuja, uno de esos patanes de refaccionaria que estafan al incauto a la menor provocación; pero por más que buscó un detalle para desfalcar a la automovilista, no había un ápice qué reparar.

– Revisé su coche y no tiene nada. Llévelo a su agencia, porque yo no le encontré nada – dijo el joven ingeniero mecánico-automotriz, con un viso de enojo en los ojos, pensando que había perdido tiempo y esfuerzo en un coche viejo pero útil.

Con apenas treinta gramos menos de agobio tras la valoración, la propietaria de este cachivache encendió el auto. Y el ruido comenzó de nuevo…

–  ¡Ahí está el ruido otra vez! – gritó la mujer al impotente mecánico.

Acercándose con apatía, el ingeniero dio cuenta del sordo estruendo por segunda ocasión. Jamás había escuchado una falla como esa. Frotándose la barbilla en gesto de profunda reflexión, pidió que apagase el motor.

El sonido persistía dentro del auto, pero bastaba poner un pie fuera de la carrocería para que el sonido cesara.

–  ¿Puede bajar del auto? Lo voy a revisar otra vez.

Arrancó, puso marcha, dio una vuelta a la colonia por enésima ocasión y cuando volvió, ya tenía el diagnóstico preciso.

–  Señorita, yo no soy médico, pero le recomiendo que se revise el corazón... Su auto no tiene nada.

viernes, 1 de junio de 2012

Espacio libre de perfume barato. (Post libre para fumar)


1.Invasores de atmósferas.

Mi manera de fumar se hizo incorregible a los dieciséis, pero empecé a los quince, edad en la que comenzaron muchos de los vicios que se me hicieron posteridad. Era 2003 y una cajetilla costaba entonces catorce pesos. Todos los bares, antros y demás congales nocturnos estaban segmentados en los que se esfumaban y los que no. La hora preferida en los restaurantes era la de los postres, el café y el cigarro en una sobremesa evaporada de ideas y humo o en la absoluta pasividad del solitario fumador.

Después vinieron esos verdugos de camisetas verdes y aroma a lechuga a expulsarnos a la intemperie con sus leyes, sus advertencias en la pared y sus gazmoñas reprimendas. Hace poco, en una conversación que nunca olvidaré, escuché a Benito Taibo decir que los fumadores somos los nuevos negros en Nueva York en plena década de los cincuenta.

Y esque apenas uno saca un cigarro y ya hay alguien haciendo repelús, resoplando copiosamente aunque apenas haya aire y huyendo de uno cual si fuese un leproso. Otros aún más molestos describen por enésima ocasión cuando visitaron a aquél familiar que murió de modo espeluznante en el hospital, haciendo un minucioso relato de cómo escupían sangre y poniendo énfasis en lo amoratado de sus labios en la eterna letanía del fumador pasivo. Sin embargo, los más recalcitrantes son los ex fumadores: apenas alguien busca fuego para el tabaco, el monstruo en cuestión saca el invisible pero pesado trofeo de su abstinencia con el que golpea con fuertes sentencias al nicotinoide para dar inicio al ignominioso juicio de los contemporáneos: qué si uno ahorra miles de pesos al año dejando de consumir, que si los parches, que si los cigarros eléctricos e incluso los más audaces hasta terapeuta recomiendan.

Lo angustioso de la situación para los chacuacos como yo, es que estas escenas suelen suscitarse en terrazas, jardines o en plena calle: no conformes con sacarnos a un exterior inclemente, tiene uno que fumarse, junto con el cigarro, el consejo del bienintencionado e impertinente no fumador. ¡Afuera, afuera, afuera con su cigarrito!

Dicen que fumar es invasivo, porque uno contamina la atmósfera con pestilentes y tóxicas sustancias haciendo el ambiente imposible para los demás. Yo no sé ustedes, pero no hay nada peor que entrar a un elevador que apesta a colonia barata de oficinista, que ciertas habitaciones estén colmadas de aromatizante a frutas del bosque o alguien dejé una estela de ostentosa fragancia apenas se le ocurre pasar. Sus perfumitos y esencias imitadas también perturban los sentidos…

2.Los derechos del fumador.

Cualquier persona que fuma sabe perfectamente que se está matando a sí misma. Desde la primaria uno tiene la abyecta sentencia de que fumar causa miles de padecimientos irreversibles y aún así nos recetan ratas, niños asmáticos y miembros mutilados en las cajetillas infinitamente ignoradas por quienes disfrutamos del vicio o los que fumamos mecánicamente. Esa clase de mojigatería en las cajetillas no existe en muchos países.

Cada 31 de mayo los noticieros se llenan de especialistas neumólogos, oncólogos y psicólogos que enumeran con escrupulosa precisión las causas de la adicción a la nicotina y cuán nocivo es nuestro amigo favorito.

Están además, los sermones de los papás, los maestros y naturalmente, el de los médicos. Sepa usted que todos mis especialistas son fumadores: de ese modo mehe evitado horas y horas de reprimendas innecesarias.

El que no fuma, está en todo su derecho de no aspirar mi humo. Yo tengo el mismo derecho de quedarme adentro a matarme silenciosa y sigilosa en un tibio interior y no fumarme sus recomendaciones. Tengo derecho a que no se me hagacara de fuchi porque no le hice caso a la clase de educación para la salud. ¿No es como hacerle un gesto repulsivo aun individuo de un grupo minoritario?

Finalmente: Tiene derecho a permanecer callado hasta que mi cigarrillo se consuma.




3.Ni los veo, ni los fumo

Con todo y ser una chacuaca de mediana reputación, ando en bicicleta. Si bien es cierto que las subidas se me hacen pesadas y el aire escasea en una larga pedaleada, el cigarrillo no me hace menos ciclista.

¡Hubieran visto la cara del que me vio fumar mientras montaba mi bicicleta! ¿Es que acaso es una contradicción en términos?

***

El que tiene vocación de humo no aspira a ser menos que fumador. Esfumarse a la menor provocación, evaporarse apenas hay una ventisca, instalarse en los pulmones, ofuscar el olfato y dejar un aroma adonde quiera que se vaya.

El gesto del fumador mientras escribe, al momento de reír, a la hora de exasperarse y sobre todo en instantes de suma tensión o inconmensurable placer consiste en llevar a la boca el cigarrillo deseado. Si no hay boca digna besar o palabra que merezca ser pronunciada, el fumador sabe que no hay alternativa plausible que la del tabaco. O la mota. Oel opio. O el aire... A mí me gusta fumar tabaco y aire.

Es el suspiro un sucedáneo del cigarrillo cuando la nostalgia ya es mucha, cuando no hay opción sino una sala de espera o los recursos son tan escasos como abundante es el oxígeno alrededor.



4. Tipos de humo

Existimos, en orden de importancia, los que fumamos por inercia, los que fumamos por necesidad y los que fumamos por placer. El que es buen fumador pertenece a las tres especies en un momento u otro. El que se autodenomina “fumador social” es un pusilánime que no ha aprendido nada del golpe del humo ni de los golpes de la sociedad… por eso mismo es tan insoportable y patético. El fumador pasivo es un resignado, un condenado a la espesura de otros y a la ligereza de sí mismo: o encuentra cierta empatía con el ambiente enrarecido de sustancias, o siente alguna afinidad por los que fuman.

El que fuma es un distraído con ínfulas de atención y fijeza; un ansioso, una víctima del deseo y la insatisfacción. El fumador es aire. Y siempre anhela ser respirado aún a sabiendas de que acabará en ceniza: ardiente e inútil.



***

Me fumo un último cigarrillo. Para un fumador, cada cigarrillo es el último, porque la prohibición está siempre latente y hay en cada pared un símbolo tácito que obliga al deseoso a apaciguar sus ganas.


Gracias por fumarme.



miércoles, 9 de mayo de 2012

Yo nunca aparecí en Playboy…





Pero yo sí… Yo fui edecán. Y modelo también. También me pagaron onerosamente (menos, naturalmente) y sólo por el hecho de mostrarme. Yo también aparecí 30 segundos a cuadro pero lo mío no causó más alharaca que en mi círculo de conocidos. Yo también usé un vestido largo que no dejaba nada a la imaginación y también fui inoportuna a ciertos ojos.

Pero yo entonces tenía 17 o 18. Por esas épocas era tan elocuente y tan poco sustanciosa como Julia, que ha dado un millón de entrevistas hasta este día, pero yo no tuve que darle explicaciones a nadie más que a mí misma.

Quien se dedica a esto, sabe que tiene que vender. ¿Vender qué?, se preguntarán los más suspicaces… Venderte, claro. 


Pero que no se me malinterprete, por favor. Una persona que vive de su imagen, se vende a sí misma aunque lo que vende no sea lo que se es y pretenda serlo. Lo mismo pasa con modelos y con candidatos… Y nada de eso significa que sea denigrante o misógino, como reclaman ciertos ignorantes puristas. Si no dediqué el resto de mi vida a ser modelo es porque pensé. Y pensé que valía más que sólo dejarse ver.

Lo que Julia Orayen hizo el día del primer debate presidencial fue un gran trabajo: vendió un producto imposible y lo hizo trascender a fuerza de costumbre, de mostrar un poco de lo que justamente no hay para llamar la atención. Ese fue su trabajo y lo hizo excelente.

Yo nunca salí en las páginas de una Playboy, pero sé bien lo que significa ser el foco de atención por el oropel de las circunstancias. Lo verdaderamente triste de esto es que hayan personas a quienes les vendieron un debate, el futuro de un país y el sentido de una democracia como si les vendieran un perfume.

lunes, 13 de junio de 2011

Con un desnudo en la garganta: de bicis desnudas y villanos en la calle.

Ciclista bueno vs. Automovilista malo: la pelea del siglo XXI. Y así vamos por la vida creyendo que por el simple hecho de andar sin carrocería somos pura inocencia. O desnudos, como muchos de los que fuimos el sábado a la sexta rodada al desnudo en la Ciudad de México se sienten.

La premisa de la marcha es provocación pura: si no me ves rodando con ropa, si me desvisto entonces sí que me pones atención. Y el antagonista de esta historia no es otro que el que anda en coche.

Pero ni el ciclista es pura bondad sólo por subirse a su bicicleta ni el villano de las calles es siempre el automovilista. Haga el favor de no tomar partido antes de tiempo y termine de leer:

***


Abajo la ropa, arriba la bici

¿Cuán desnudo tiene que estar un cuerpo para ser visto? ¿El que se viste con sólo ropa interior o el que porta sólo una máscara y unos calcetines? ¿El que se recubre de pintura o el que sólo usa un par de sandalias? ¿Porqué acudir al voluptuoso recurso de la desnudez para hacerse visibles?

Y entonces ahí tienen a cientos de personas vestidos de sí mismos o ataviados con sólo unos pocos centímetros de tela. Algunos de ellos lo dijeron casi entre lágrimas: en la calle se sienten desnudos, vulnerables… ¿es que al ciclista le hace falta carrocería o una armadura para sentirse seguro?

No lo creo. La bicicleta es el símbolo de movilidad y libertad por excelencia, porque es el mismo hombre quien le da vida a la bicicleta y viceversa, porque al andar en ella se siente el viento en la cara, el sol en los ojos y el cielo sobre la cabeza. ¿Qué lleva entonces al ciclista a sentirse desprotegido?

***

Era obvio que una multitud de gentes sin ropa iba a atraer la atención del voyerista curioso. Alrededor de los participantes abundaban los séquitos de mirones con celular en mano tomando fotos al por mayor. ¿Por qué se encueraron? Quién sabe… pero fue un buen momento para deleitar la pupila.

Mirones

Pasadas las once de la mañana el contingente ya estaba listo para salir. Y como reyes en canción de José Alfredo, se enfilaron a rodar y rodar…

Daniel y Rox no tenían bicicleta, pero se montaron en una Ecobici (bicicleta pública) como Dios los trajo al mundo y se sumaron a la marcha justo cuando ésta emprendía su camino por Paseo de la Reforma. Un amigo suyo les previno del evento y decidieron sumarse a sus filas aún sin bicicleta propia. Pero su peculiaridad no era la bicicleta prestada ni la desnudez absoluta de sus cuerpos: eran dos personas en una bicicleta. Ya en el camino Rox confesó que no sabe andar en bicicleta, pero le pareció un buen motivo para desnudarse, mientras su pareja se empeñaba en mantener el equilibrio. Ellos no llegaron al final de la rodada.



Ya en el camino, más ciclistas se fueron agregando al contingente. Algunos posaban para las lentes de la prensa y para los curiosos que flanqueaban el camino, otros más tímidos se cubrían el rostro y se perdían entre la multitud.

“Mete la panza y saca la bici” “abajo la ropa y arriba la bicicleta” eran algunas de las consignas que se dejaban oír mientras los asistentes pedaleaban su desnudez primero por Paseo de la Reforma, luego por 5 de Mayo hasta el Zócalo, donde los ciclistas rodearon varias veces la Plaza de la Constitución.


Las piedras rodando se encuentran

También hubo ciclistas en la marcha que infringieron las normas: se subieron a la banqueta, se pasaron varios altos. Una de las críticas más socorridas es que el ciclista es quien más viola el reglamento de tránsito porque circulan en sentido contrario y ni siquiera tienen el pudor de circular con casco.

Los ciclistas aseguran por su parte, que el automovilista es siempre el malo de la historia, porque avientan el coche y no tienen respeto mínimo por el que desprotegido anda en su bicicleta.

Pero no nos hagamos mensos: ni el ciclista es bueno por ser ciclista ni el automovilista es malo per se. Se suele caer en la triste dicotomía del héroe-villano en un cuento donde la calle es el escenario y los jueces quienes transitan por ella.

Yo ando en automóvil y en bicicleta también. Otras muchas veces también me muevo en transporte público y a pié. No satanizo el uso del automóvil porque para quienes no tenemos condición de deportista, recorrer distancias largas suele ser un martirio. O porque el clima no suele ser amable con quien se transporta sin un techo sobre la cabeza. O porque se me hizo tarde y agarro un taxi.

Por lo que sea: el que se transporta es libre de escoger el modo en que lo hace.  Pero es también un hecho que la bicicleta es sustentable, es limpia y contamina mucho menos que cualquier vehículo motorizado.

Pero aquí hay también automovilistas buenos que ceden el paso y ciclistas que no respetan el sentido de la circulación, peatones que no se fijan cuando cruzan una calle y motociclistas que rebasan por la derecha.

En la calle no hay nadie bueno: todos son irresponsables en potencia y tiene uno que andar con los sentidos bien puestos en el exterior.

Yo fui a la marcha porque estoy a favor del respeto y la coexistencia en la vía pública. El que quiera andar en auto, que lo haga de modo responsable. El que quiera andar en bici porque sabe lo que eso significa, que proceda con precaución. Lo que está en juego es nuestra supervivencia en una ciudad por demás sobrepoblada, atestada de autos y contaminada hasta el hartazgo.

Corremos el riesgo que al defender lo que nosotros creemos correcto, desacreditemos gratuitamente al que no comulga con nuestro modo de ver las cosas: “o estás conmigo o en mi contra”. Usted: peatón, ciclista, motociclista o automovilista tiene que pensar que la calle no se hizo exclusivamente para una sola especie. Todos somos humanos y todos nos movemos. Todos somos humanos y todos cometemos errores. Todos somos humanos y tenemos derechos, pero también obligaciones. Y no hay nada que nos dé más libertad que el respeto.




Aquí otras dos opiniones:

Ciclistas Militantes

Réplica a Ciclistas Militantes