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martes, 21 de noviembre de 2017

Corrí un Gran Fondo de 100 km en una bicicleta plegable

Lo hice, aunque los compañeros ciclistas me veían con una expresión entre asombro, espanto, burla y respeto. Pero voy a empezar desde el inicio, es decir, en el big-bang de esta historia de equilibrios y necedades.


Darinka Rodríguez y su medalla del Gran Fondo MX 2017
Nótese que el casco ya está en el suelo


Yo no supe andar en bicicleta hasta que no cumplí 21 años y fue eso lo que me hizo la apasionada que soy de movilidad y de bicis: fue mi primera terquedad, aprender a destiempo. Tengo libros sobre ciclismo urbano y profesional, además de ser la feliz propietaria de tres biclas que me han llevado a lugares donde el pensamiento vuela y otros donde no hay caminos amables para andar.


Me volví una apasionada de un instrumento tan bello como poético, y hoy en día soy lo suficientemente afortunada como para ir a mi trabajo todos los días en alguna de mis dos bicis, ambas me fueron obsequiadas en su momento por la persona que más me quería y hace un par de años perdí mi bicicleta de montaña, la única que yo me compré.


Tener una bici de características idóneas para un suave rodar no es nada barato, así que me he mantenido muy cómoda con mis dos aparatitos. Actualmente poseo un armatoste vintage que pesa como 13 kilos y donde es difícil andar cuesta arriba. La bici plegable modelo Napoles siempre resulta mucho más ligera para cualquier camino y es la que casi siempre escojo para trayectos largos.


Aquí rodando en mi bici vintage en febrero de 2011

Esta es mi bici plegable lista para el Gran Fondo 2017

Este año me inscribí al Gran Fondo que organiza Ciclismo para Todos a sabiendas de que no tengo un vehículo adecuado para andar los 100 kilómetros de la categoría en la que me anoté. Incluso pensaba en rodar los 120 km, pero se me hizo una barbaridad con la chiqui-bici, mientras que 60 km me los ando cualquier domingo en el ciclotón de la ciudad (no es por presumir, por cierto).


Cien kilómetros era la distancia que necesitaba para desafiarme a mí misma. Pensar en llegar en los tres primeros lugares era un disparate y ya ni hablemos de figurar en el Top 10. Lo único que quería era andar ese largo largo trayecto en mi bici plegable. El año pasado el trayecto se me hizo corto: Miguel me había prestado su preciosa y ligerísima Fixed, pero se nos hizo fácil y nos cerraron la vialidad antes de tiempo, por lo que apenas anduvimos unos 80 kilómetros.


Este año no pedí ninguna bicicleta prestada. Así que éramos mi plegable y yo para enfrentar esos 100 kilómetros.

¿No se notan las ojeras, verdad?


En punto de las seis de la mañana ya me encontraba en la línea de salida de la categoría de 100K. No estaba en la vanguardia, desde luego, porque habría sido una osadía, pero me podían ver haciendo mis estiramientos y tratando de calentar lo que más pude aunque los 8 grados centígrados de temperatura ambiente a esa hora lo hacían difícil.


Uno de los participantes me cuestionó: “¿Esa es la bici que vas a usar?” Pues sí, me pareció obvio decirle que sí, era ESA la bici que iba a usar. Luego me preguntó si ya había hecho un Gran Fondo anteriormente, respuesta que ya conocen. Me deseó suerte como otra decena de ciclistas a lo largo del camino.
Nótese la diferencia de bicicleta
Pasadas las seis y media de la mañana, organizadores y miembros del gobierno de la CDMX dieron el banderazo de salida. Primero salieron los que recorrerían los 120 kilómetros y luego mi grupo. Salí con el corazón dándome tumbos de la emoción. Los primeros 5 kilómetros fueron los más sencillos y del kilómetro 15 al 20 me vino en síndrome de ciclista fumador, con mocos y tos por todos lados.

Del kilómetro 20 al 50 fueron pura incertidumbre. Cuando tienes un camino tan largo por recorrer y no llevas compañía, no hay otro remedio que la meditación: por qué estoy haciendo esto, qué es lo que quiero demostrar metiéndome en esta carrera, en qué estaba pensando cuando me inscribí aunque no tengo una bicicleta para correr esas distancias y otras miles de funestas sentencias.


Los pensamientos se hacían cada vez más agudos en la medida que otros ciclistas venían a hacer comentarios de mi Napoles plegable: “mis respetos”, “qué valor”, “wow, con esa bici”, decían algunos. Cuando llegamos a la altura del camino previo a subirnos al segundo piso del Periférico me tomé mi primer descanso en el punto de hidratación.


Fueron apenas unos tres minutos para tomar líquidos, un poco de fruta y contemplar a todos los participantes tan bien armados con sus bicicletas, sus trajes de ciclista, sus barras energéticas y bebidas hechas para deportistas. Y yo me veía a mí misma tan ridícula: con mis licras de tianguis y mis tenis normales que me habían regalado. Lo único decente que traía puesto era el casco y ni eso, que yo uso un casco más bien urbano y no uno de esos aerodinámicos que usa la banda profesional.


No quise perder tiempo y seguí adelante. Naturalmente las subidas fueron lo más pesado de ese día. Incorporarse al segundo piso del periférico fue un triunfo en sí y el trayecto que va de Mundo E a Plaza Satélite tiene una infame inclinación que quita el aliento y te hace ir cada vez más lento. Hasta entonces había rodado a una velocidad promedio de 24 kilómetros por hora, según Strava.


Del kilómetro 50 al 70 todo fue obstinación, porque las miradas de otros ciclistas iban del asombro a la conmiseración. Los tramos empinados empezaron a bajar mi velocidad, pero mi pensamiento entonces era un impulsivo coraje que me obligaba a andar a pesar de que las piernas me respondían cada vez menos. Lo de la respiración ya había quedado superado mucho muy atrás, pero no la capacidad de mis piernas, que estaba en juego. Ya sólo me hacía falta que un calambre le fuera a dar al traste a la competencia.


Después del kilómetro 70 pensé en mí como una sobreviviente. Unos kilómetros antes, un ciclista con una bicicleta envidiable me había obsequiado un chocolate diciéndome que me ayudaría más adelante. Cuánta razón tuvo: por ahí del kilómetro 68, ya estando en el tramo cercano al sur de Periférico, me comí la barrita que me dio un impulso adicional para el resto de la carrera.


Aquí ya estoy a la altura de San Jerónimo
Después de apurar el chocolate y mientras luchaba por seguir cuesta arriba, una chica (con otra impresionante bici de ruta), me preguntó dónde estaba la meta del grupo de 60 kilómetros. La habíamos dejado atrás hace unos 8 kilómetros, así que le recomendé que de una vez se echara la ruta de los 100, que yo la veía tan campante y capaz. Con toda ligereza siguió hacia adelante y no la volví a ver. Cómo envidié su preciosa bici blanca con detalles en rosa fluorescente.


Después del kilómetro 85 tenía las piernas tan tensas como la situación política en Estados Unidos, pero estaba muy animada por haber llegado tan lejos: con seguridad sabía que había superado mi marca de la vez pasada con una bicicleta con una capacidad infinitamente menor que la anterior.


Dimos vuelta en Viaducto Tlalpan para recorrer los últimos 15 kilómetros. Entonces ya me puse un poco más contenta y de vez en cuando soltaba el manubrio para empujar mis piernas con los brazos, que nunca antes había sentido los muslos tan pesados al andar en bicicleta y sobre todo, después de tantas cuestas arriba.


Al regreso sobre Calzada de Tlalpan, todo estaba lleno de policías cuidando que ningún malhumorado automovilista se fuera a cruzar al lado de los conos azules que colocan siempre que hay uno de estos eventos. Ya con alegría saludaba a cuanto policía me veía y cantaba un poco de lo que escuchaba en mis audífonos.


Entonces pasó algo que no esperaba: uno de los organizadores del Gran Fondo pasó en su motocicleta y me advirtió que un kilómetro y medio atrás estaba ya una patrulla indicando que se abriría la vialidad. Y aunque traté de apurarme lo más que pude, las piernas ya no me daban para más.


Minutos más tarde, ya tenía a la patrulla justo detrás mío, a escasos cuatro kilómetros de la meta. ¡Cuatro kilómetros y yo ya tenía a la barredora de la poli encima! Como pude, saqué de mis piernas y de mi corazón el último mendrugo de energía que me quedaba.


Ese último tramo no dejé de gritar un segundo: los automovilistas atorados en Tlalpan me lanzaban miradas socarronas mientras otros me echaban porras: “tú puedes”, “¡vamos!”, al tiempo en que los policías no dejaban de vociferar que la vialidad iba a ser recuperada. Yo no dejé de echar esa clase de aullido que se emite cuando uno no puede más, pero saca fuerzas de flaqueza.


A unos metros de arribar a la Plaza Tlaxcoaque, un paso a desnivel me separaba de mi victoria. Un paso que implicaba una bonita cuesta abajo y una subida en curva que marcaría el final de la agonía de mis piernas, pero el inicio de mis laureles. Cuando por fin atravesé la meta, estaba Mario esperándome con un platanito en la mano y un beso en los labios.


De acuerdo con los tiempos oficiales, fui la última de las mujeres inscritas en la categoría de 100 kilómetros en llegar, y después de mí, nadie más llegó a la meta. ¡Último lugar para mí! ¡Por fin he sido la que más algo!


Fui por mi medalla, me comí otros cuantos plátanos, me bebí toda el agua que pude y me descubrí siendo la más feliz de haber llegado a la meta. Estuve a nada de tirarme en medio de la plaza para sobarme las piernas, pero en vez de eso posé para la foto y me puse a subir mi logro a redes sociales.


Estando en esa situación, recordé a los corredores que mintieron en sus resultados en el Maratón de la Ciudad de México de este año; los que se subieron al metro o simplemente desaparecieron del mapa y después posaron para la foto. Entiendo que uno busca reconocimiento, que se le aplauda el mérito de recorrer tantos kilómetros usando la propia fuerza, pero para eso también existen las carreras de 10 kilómetros o los medios maratones.


Les comparto los datos de mi aplicación y también lo que está disponible en la página de Márcate con los resultados oficiales bajo el nombre de Darinka Rodríguez Pacheco o el número de corredor 581. Nada de trampas, ni aunque haya andado en una bici pequeña. 100.3 kilómetros a 19.4 kilómetros por hora en 5:10:03, ni más ni menos.


Andar en bici es encontrar el equilibrio y escuchar la voz interior, por eso es prácticamente imposible mentir al respecto. Andar en bici es el desafío de abrirse camino y encontrarse a uno mismo. Por eso amo andar en bici.

miércoles, 23 de abril de 2014

Por qué escribo...


Decía Gabriel García Márquez que escribía para que sus amigos lo quisieran al tiempo que sonreía con sosegada amabilidad para los desconocidos que cariñosamente lo llamaban "Gabo" sin haberse topado siquiera en otra vida. Escribiendo y no de otra forma se hizo de millones de amigos que con el paso de los años lo fuimos queriendo como si de verdad hubiéramos visto con los ojos de Remedios la bella, porque contemplamos la muerte de Santiago Nasar o de cuando en cuando nos ataca el síndrome de Florentino Ariza.

No me sorprendió que tuviéramos un pensamiento similar; no obstante, si nos atenemos a la unilateral y homogénea línea del tiempo, fue él quien lo dijo primero. Pero igualmente dijo que las ideas no le pertenecen a nadie...

Gabriel García Márquez. Foto: La Jornada.

Yo siempre argumenté que escribía porque quiero que las personas estén orgullosas de mí y me quieran. Lo dije como a los ocho años cuando descubrí un poema de Sabines, a los doce cuando leí la primera de una docena de novelas de Saramago y a los veintidós cuando me encontré con José Carlos Becerra.

Pero no hay escritor con suficiente vida si no tiene por lo menos un par de reveses. Un mal editor, un texto que no causó efecto o lo peor: perder tres años de cuentos, cartas, poesías y desvaríos por un error informático. Hace casi ya dos meses perdí el documento que contenía la esencia de mis noches, la acuarela de mi dicha y mis lágrimas de tinta vertidas sobre el invisible cielo de mi computadora.

Sentí como si me hubieran quemado la casa, como si el huracán hubiera pasado encima de mí o como cuando un ladrón descubre que le han vaciado el departamento. De ello no quedó más que algunos fragmentos que conservo porque algunas noches tuve el arrebato de mandar a remitentes al azar.

Me gustaría decir que me he recuperado del cruel gazapo de esta triste tecnología. Como paliativo, diariamente escribo para un periódico especializado y de vez en cuando me da por escribir un reportaje que mis editores mutilan.

Tengo veintiséis años y escribo de finanzas y economía para El Financiero. Hace como una década, cuando tomé la decisión de estudiar periodismo porque sabía que lo que quería era escribir y trastocar conciencias con una buena estructura. Ya antes había pensado en estudiar letras inglesas o cualquier cosa que me pusiera frente a una página qué llenar con sesudos comentarios y profundas investigaciones.

No obstante, pasaron muchos años tras haber los pasillos de la universidad para que pudiera ver mi nombre escrito en las páginas de una publicación impresa, lo cual sucedió un 16 de abril de 2013, cuando mi primer texto apareció en Hacker de Excélsior.

Cuando el entusiasmo se me enciende escribo cuentos como queriendo reescribir lo que es probable que un día olvide y para que las personas que quiero no dejen de quererme. Los que me conocen, saben que en el punto álgido de mi ternura suelo poner en sus ojos palabras mías como la ofrenda más preciosa que puedo ofrecer por el amor que me dan.

Mi primera portada. Reedición de El Financiero. Miércoles, 26 de febrero de 2014.
Hace algunas semanas ya, uno de mis reportajes vio por vez primera la portada y mi nombre se posó en la primera reedición de El Financiero. Nunca mis palabras me hicieron sentir tan dichosa.

Quién sabe cuál es el impulso que me lleva a escribir y preguntar por historias, a tomar las palabras y estructurarlas entre cifras y gráficos y por otro lado juntar los fragmentos de mi imaginación cuando me da por hacerle al cuento.

Escribo para saber de ustedes y conocer el mundo, porque para poder escribir una página antes debimos de haber leído unas cien.  

Escribo porque nací para esto. Escribo 'por qué' y me llena el horizonte. Gracias a ustedes por leerme, porque creo que es así como se construye el mundo: por quienes lo escribimos al mismo tiempo que buscamos leerlo.

Esta es quien les escribe (en una toma selfie, tan de moda ahora). En ocasiones también sale en tele, pero esa es otra historia. 



martes, 10 de mayo de 2011

Canto al corazón

Mi mano entonces tuvo la fuerza que nunca tuvo: abrió la piel, atravesó costillas y lo sacó de su lugar. Las costillas tenían la fortaleza de quien nunca se deja penetrar más allá del calcio. Lo que quedó expuesto fue una masa demasiado grande para merecer el mote de lo que pretendía nombrar: mi corazón.

- Mi dibujo no estaba tan errado, entonces… el corazón es así.
- Es casi igual… pero mira: el tuyo tiene un hoyo aquí… y de este lado está marchito… como seco.

Lo contemplamos entonces… era tan desproporcionado que tenía que sostenerlo con ambas manos. Sangraba poco, pero sus dimensiones aún nos tuvieron boquiabiertos lo suficiente como para que en la realidad pasaran dos horas.

- Ya no lo puedo regresar a mi pecho.
-No te preocupes, te crecerá otro.
- ¿En serio?
-Sí… déjalo afuera, el corazón crece rápido.

viernes, 18 de junio de 2010

El terrible vicio de subrayar los libros.



Días como éstos, envueltos de espesas nubes y amenazando siempre lluvia, son propicios para el recogimiento. Días como éstos, justamente hace unos siete años, cuando apenas iba en prepa y la lluvia me escupía sus verdades como dolorosas agujas en la nuca, cayó en mis manos el primer libro de José Saramago: El Hombre Duplicado rezaba aquella reseña en el periódico días antes de que vinieran a regalármelo envuelto en papel estraza y sin moño.

Quién sabe entonces por qué me empeñé en conseguir un libro del que no tenía mayor certeza que lo que algún desconocido habría escrito en esa lacónica brevedad casi obligatoria del apartado de libros en los diarios.

Lo recuerdo entonces, por ser el primero y por cómo me embelesó al grado de devorar ulteriormente unos diez libros del mismo dichoso autor. Hago esta referencia no con un vanidoso afán de presumir cuánto he leído, porque en el mismo empeño se me puede ir la boca; sino como la observación más humilde que se puede hacer a quien escribe: lo he leído por largas horas, he visto con sus ojos, se me ha enredado el pensamiento tras las palabras, he cargado su nombre en la mochila.

Hoy desperté con ese sobresalto incierto de la muerte distante. La noticia llegó a mi celular, lapidaria y fulminante: Saramago se fue. El remitente es un ser tan amado como inoportuno... Qué modo de despertar ha sido éste… Supongo que lo mandó a sabiendas de mi gusto, ese que se volvió casi un disgusto al saberlo muerto.

En un pasado aún más lejano de cuando comencé a leerlo, cuando aún medía metro y medio y asistía a la primaria, mi mamá y yo nos encontramos a Saramago en el Zócalo a la llegada de los zapatistas. Creo que tenía como diez años en las postrimerías del siglo ese y no tenía ni idea de quién era aquel señor de abundantes y despeinadas cejas. Y al verlo, mi mamá se acercó y fuimos las primeras y las únicas en recibir su firma en un ejemplar especial de la revista Proceso. Supongo que al verme tan pequeña tuvo un gesto de amabilidad medio indiferente, vayan ustedes a saber. Y mi mamá me regaló el ejemplar desde entonces y no conocí su escritura sino mucho después. Hoy guardo esa firma como la prueba fehaciente de que un día me lo topé; pobre niña frente a tamaña personalidad.

Detalle de mi autógrafo de José Saramago



***

Pocas veces he tenido este vahído sulfuroso de cuando muere a quien se lee. Casi todos los escritores que admiro de antemano los sé muertos; así me evito tener que escudriñar en la memoria aquéllas cosas que me legaron y que por natural consecuencia, se ven reflejadas en estas palabras.

Y me he topado, claro está, con un cúmulo interminable de elogios y críticas. Pero por muchos juicios contrarios que pude llegar a leer, mi afición por sus textos nunca disminuyó. No podría renegar de aquél que me hizo gastar tantas horas de modo tan apacible e hizo de una maraña de letras en los ojos, un panfleto de dichas encuadernadas.

Bien podría tapizar este post con un montón de sentencias del portugués, porque soy tremendamente mal educada y tengo la infausta costumbre de subrayar (con lápiz, justifico) los enunciados que me vienen en gana. El triste hábito de la torpe memoria, supongo. Recuerdo que leí en uno de esos libros, hoy no recuerdo bien cuál; a Saramago diciendo que subrayar los libros es decir “fíjate, hombre: aquí hay algo importante”.


***

Inhumano es no opinar, porque opinando y sólo opinando se oponen los pensamientos. Fue una de mis grandes influencias, aunque no en pocas ocasiones estuve en desacuerdo. Y no recuerdo momento en que no tuviera opinión.

Hoy aquí, con este embargo acumulado que traigo desde quién sabe cuándo, pensé también que me hace falta un perro que enjugue mis lágrimas. Y se me acumuló esto…

Me faltó conseguir su libro de poesía, ese que nunca pude comprar por barato. Y me faltó terminar Caín porque lo dejé a medias por descuidarme en la vida. Y me faltó hacer un par de reseñas más sustanciosas de sus libros.

Y me faltó también memoria para recordar un poco más. Pero ya afilé mi lápiz para seguir con esa exasperante manía de subrayarlo… es que no encontré mejor modo de evocarlo.

q.e.p.d.

domingo, 25 de octubre de 2009

La apoteosis de las caídas II: La maldición de la bici en la que aprendí a andar


Esa infame… la malquerida Turbo de Miguel donde aprendí a andar en bici hace ya año y medio me volvió a tumbar en el suelo. Entre ella y yo hay ciertas rencillas irreconciliables que no alcanzo del todo a comprender, puesto que fue en sus pedales donde saboreé la dulzura de la velocidad y por ella soy la ciclista empecinada que soy ahora. Pero también fue ella quien hace un año me tumbó en el Ajusco al más puro estilo presidencial (si quiere usted hacer un poco de memoria pulse aquí y aquí).



La Bici Turbo de Miguel: ¿antipatía?

Todo empezó con mi terquedad más necia de querer pedalear un rato. Hoy no tuve compañía, por lo que me fui andando sola hasta Río Churubusco, donde el Ciclotón me esperaba sin coches de por medio. Me puse mis audífonos y pese a las constantes cuestas que tuve que subir, no paré una sola vez; aunque admito que estuve a medio pelo de expulsar los pulmones por la boca. (Permítanme hacer una pausa para encender mi cigarrillo).

La música escogida al azar por mi IPod estaba de lo más deliciosa y acompasaba los claroscuros variopintos de un día de otoño indefinido que amenazaba con dejarse llover.

Ya en el camino, cierto señor montado en una bici de montaña estuvo a punto de chocar conmigo al cruzárseme de manera impertinente… no pasó de una mueca avergonzada de su parte y el correspondiente torzón de labios darinkiano.


Aquí mi cara de felicidad en Churubusco (y el vecino colado)



Cuando finalmente llegué a Patriotismo, mi boca era poco menos que el Sahara y mis labios eran los pedregales más secos de Arabia. Paré un segundo en el Oxxo para hidratarme y seguí mi camino.

***

El infortunado pronóstico de mi caída estuvo en la música que ignoré conscientemente, porque no hacía juego con el resto de las melodías que había escuchado. Préstele atención al título y dígame si no fue plan con maña de la perversa bicicleta:


Lo que sucedió no pudo haber sido más pueril: el cable de mis audífonos se enredó con uno de mis guantes, al mismo tiempo que caí en una pequeña zanja. El resultado: Darinka cayendo estrepitosamente sobre su lado izquierdo, primero la pierna contra el suelo, ingle chocando con la bici y finalmente pómulo restregándose en el asfalto. ¡Zaz! El IPod se deslizó unos metros adelante, el gatorade lo mismo, unas cosas se salieron de mi bolsillo y la bici quedó con las ruedas viendo al cielo.

Si usted cree que no grité, está equivocado. Lancé un profundo gemido, más que de dolor, de enojo. Al instante pensé “ah, pero qué pendeja soy”.

El primer ciclista que se detuvo resultó ser un truhán de segunda que, al ver mis cosas desperdigadas por la avenida se acercó fingiendo ayuda y con los dedos listos para robar… por eso mismo me levanté en un santiamén y recogí lo que había caído en el descenso: mi IPod, un encendedor y un labial. El pobre ladronzuelo tuvo que conformarse con hurtar mi Gatorade. Acto seguido, un grupo de ciclistas que suelen asistir con regularidad a los paseos dominicales me ofrecieron su ayuda, ésta sí genuina y altruista.

Fue hasta ese momento cuando caí (oh ironía) en cuenta de la magnitud del golpazo, pues aquéllos amables señores se acercaron a preguntarme de forma desinteresada si acaso estaba bien (aunque era obvio que no). Recogieron mi bici y me ayudaron a llegar a la orilla de la avenida. La señora con ojos de almendra y mirada maternal me untó pomada desinflamante en mi pómulo ardiente y me aconsejó irme caminando un rato hasta que se me pasara el susto.

Como ya dije antes, los ángeles andan en bicicleta. En esta ocasión, ellos fueron mis salvadores, si no alados, sí afortunados. Me despidieron los dichosos, con una bendición en los labios y deseándome suerte. Sé que los volveré a ver montados en sus bicis, y en ese momento les expresaré mi infinita gratitud por el cuidado que me tuvieron al verme postrada en el suelo y con la cara inflamada. Gracias, mil gracias.

Era la una con diez minutos cuando me desplomé. En lo que medio me recuperaba me dio la una y media. Supe que ya no podría terminar el circuito, menos por el dolor subiéndome por los muslos y las punzadas intermitentes de mi mejilla. Así que decidí llegar sólo hasta el metro Patriotismo, el mismo que no he vuelto a pisar desde la época aciaga de Nefastófeles (…) Observe usted el trancazo en fresco:


¡No! ¡En la cara no!

Mientras pedaleaba de regreso, la gente volteaba extrañada al escuchar mis gemidos de dolor. Cada pedaleo se me hizo un suplicio, por lo que ignoré las caras de incredulidad molesta de las personas alrededor y me fui lamentando sonoramente.

Seguro usted debe estarse preguntando qué le pasó a la condenada Turbo de Miguel: Nada. Apenas un leve raspón en el asiento y su orgulloso temple de aluminio amarillo y plata sigue intacto. La otra vez sí que salió dañada, pero esta ocasión hasta parece que caí de tal modo que a la bici no le ocurriera nada.

Si usted cree que ahí termina mi tragedia bicicletera, cae usted en un segundo error. Mientras gimoteaba lentamente para llegar al metro, el cielo comenzó a escupirme. Llovió pausado y tupido, de modo que cuando pude al fin guarecerme, ya estaba poco menos que empapada.

Ya en casa, con los sentidos turbados por los medicamentos y los nervios espeluznados por la hazaña, me siento aquí a contarles que mi pierna no tiene un moretón que legitime el dolor que me tiene postrada en esta silla y dopada al punto de la inconsciencia. Pero créanme: caerse de una bici, duele y mucho.

***

Ya fui a hacer las paces con la bici de Miguel. Acordamos que las anécdotas se quedarán sólo en el camino y que evitaremos malentendidos ulteriores si ceso mis intentos de montarla. Vaya pues, es una bici bondadosa y hasta amable, pero no está hecha para la ingenuidad de esta ciclista, necia como ninguna y distraída como ella sola.

Recordamos que el suelo no pierde dureza por más que andemos en él y que las caídas son el signo inequívoco de que el tránsito por nuestra vida es un largo paseo en bicicleta: con caídas y tropiezos; cuestas interminables y bajadas veloces que de tan bellas nos da vértigo.

Es la vida mi mejor paseo en bicicleta, y yo a mis veintidós, sigo aprendiendo. Con todo y las partidas de madre que me llevo en el camino.

***

Mejor me entretengo un rato viendo verdaderas caídas, y no pequeñeces de ciclista dramática como la mía.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Tarjeta de Cumpleaños

Llevo ya veintidós años de conocerte…

Desde siempre te has llevado todas mis palabras, porque lo primero que alcancé a balbucir fue tu nombre y no he podido dejar de pronunciarlo; desde siempre te has llevado todos mis besos, porque aún cuando estás lejos el beso matutino es por excelencia para ti; desde siempre he despertado con tu voz, porque aún cuando soy yo la distante, el timbre de tu voz resuena en mis oídos, con el sol en la ventana y con el desgano usual del mundo.

Siempre me ha sorprendido la alegría que se refleja en tu mirada, el sabor a cariño de tus sándwiches, esa cálida dulzura en el café que me preparas y la complicidad venturosa de tus consejos. Caramba, si hasta tus regaños me suenan a ternura.

Nunca supiste de álgebra, pero hiciste ecuaciones con los días y multiplicaste tus horas de tal forma, que ni el científico más avezado supo la fórmula que usaste para irte a trabajar y cuidar de mi fragilidad al mismo tiempo. Nunca supiste de química, pero evitaste del cloruro de sodio en la sopa y lo sustituiste por sacarosa en los pasteles.

Sólo tú pudiste enseñarme a rockear, a identificar el arte más sutil y las notas más alegres de una canción, a colorear los días con las crayolas de una sonrisa y espolvorear diamantina de felicidad en los días nublados. Sólo una persona como tú pudo ilustrarme en el arte de la diversión y revelarme cuán fructíferos pueden ser los desvelos bien encaminados. Quién sino tú pudo mostrarme las virtudes de una imaginación elástica, las bondades de un cuento y los secretos guardados en los libros. Me explicaste con paciencia las variables de las palabras bien dichas y expusiste con claridad que más allá de la verdad estamos nosotras.

Y no hay mejor coartada que tu cumpleaños para escribirte. Creo que es más bien un pretexto y no un motivo porque cada que escribo de mí misma es como si hablara de ti. No es que sea tacañería ni un impulso codo, pero no encontré mejor obsequio para tus cuarenta y cinco (chin… ya te balconeé).

Puedo ser cursi, y regalarte el amanecer de cada 10 de septiembre de este milenio. Puedo ser megalómana y regalarte el mundo con toda su hermosura. Puedo ser mentirosa como política y regalarte un ramo hecho con las rosas más rojas que haya de aquí a la orilla del mar. Puedo ser una poeta intransigente y regalarte la luz alegre de mis ojos en una cajita hecha con la noche en verso. Puedo ser ingenua y regalarte un libro, un CD o una casa y creer que con eso estarás satisfecha.

Pero soy realista: te regalo mis palabras, mi primer beso de cada día, mis abrazos más fuertes y más verdaderos y el tiempo que no me sobra, sino que busco para ti.

Porque cada año que celebramos tu cumpleaños, nos empapamos de la alegría de estar juntas, de los momentos que ni con Alzheimer se desdibujan y de la certeza de que no hay mejor relación entre madre e hija, que la escrita con la tinta de nuestra amistad, tejida con los hilos de nuestra complicidad risueña y cocinada en el horno de la dicha.

Feliz Cumpleaños Mami. Te amo de aquí al fin del mundo.




Café con leche. Aquí se nota que estamos igual de locas las dos. Por eso te quiero más: porque estás bien loca.