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sábado, 17 de mayo de 2014

El Jardín de los Destellos


Las rosas son rojas y las violetas azules.

Bajo ese lema, la segregación del Jardín de los Destellos se hizo cotidiana. Las flores fueron entonces catalogadas por el color de sus pétalos y se vivió una época oscura llena de sol en la floresta, conocida como el Apartheid del Huerto.

Miles de capullos, desde que vieron el primer albor en el invernadero, crecieron con la miserable idea de que su fragancia era insignificante cuando el carmín no había coloreado sus corolas. La discriminación se hizo oficial cuando el afable jardinero empezó a comercializar con más entusiasmo a las flores rojas.

La víspera de San Valentín, los botones más purpúreos encabezados por la familia Blossom se engalanaban de esplendor, pues para ellas era todo el sol, el mejor abono y la tierra más fértil. Se pintaban de pasión en la colorada causa de su encanto y su discurso floral manchaba de carmesí el jardín entero.

En los bosques contiguos, las mariposas y abejas extranjeras relataban a los abetos el inusual comportamiento de las flores en el Jardín de los Destellos.

Las rosas más rosadas, consideradas un poco portentoso híbrido de palidez y dulzura, vivían a la mitad del fuego cruzado con las flores blancas, cuya fragancia apenas se percibía entre el rubí perfumado de sus homónimas rojas.

Entre las violetas la situación no distaba mucho de lo que acontecía con las rosas, pero la insatisfacción de éstas, pese ser una minoría rampante en el jardín, se minimizó entre los trinos de los pájaros carpinteros y sus sindicatos.

Un tercer grupo, segmentado del mismo modo por las rosas rojas, decidió sin embargo, establecer una resistencia pasiva a mitad del jardín justo al mediodía del Día de San Valentín: el sector de los claveles.

Clavelina Bloom, un joven botón que apenas comenzaba a florecer, se plantó frente a la fuente para pronunciar un histórico discurso en la historia de las florestas.

“Porque todas hemos florecido para ver el mismo sol que ilumina a rosas, violetas y claveles por igual, no importa cuán silvestres sean...

¡La fragancia no es determinada por el color de un pétalo, sino por el candor de las corolas, la estabilidad de sus tallos y la entereza de sus raíces!

Todas somos flores, hermanas, y hemos nacido para ser la risa del mundo y colorear al mundo. Engalanamos las celebraciones y somos la alegoría de los enamorados.

Todas somos flores, y pertenecemos al vasto jardín del mundo” dijo mientras sus pétalos se abrían de par en par y se empapaba toda de rocío.


miércoles, 23 de abril de 2014

Por qué escribo...


Decía Gabriel García Márquez que escribía para que sus amigos lo quisieran al tiempo que sonreía con sosegada amabilidad para los desconocidos que cariñosamente lo llamaban "Gabo" sin haberse topado siquiera en otra vida. Escribiendo y no de otra forma se hizo de millones de amigos que con el paso de los años lo fuimos queriendo como si de verdad hubiéramos visto con los ojos de Remedios la bella, porque contemplamos la muerte de Santiago Nasar o de cuando en cuando nos ataca el síndrome de Florentino Ariza.

No me sorprendió que tuviéramos un pensamiento similar; no obstante, si nos atenemos a la unilateral y homogénea línea del tiempo, fue él quien lo dijo primero. Pero igualmente dijo que las ideas no le pertenecen a nadie...

Gabriel García Márquez. Foto: La Jornada.

Yo siempre argumenté que escribía porque quiero que las personas estén orgullosas de mí y me quieran. Lo dije como a los ocho años cuando descubrí un poema de Sabines, a los doce cuando leí la primera de una docena de novelas de Saramago y a los veintidós cuando me encontré con José Carlos Becerra.

Pero no hay escritor con suficiente vida si no tiene por lo menos un par de reveses. Un mal editor, un texto que no causó efecto o lo peor: perder tres años de cuentos, cartas, poesías y desvaríos por un error informático. Hace casi ya dos meses perdí el documento que contenía la esencia de mis noches, la acuarela de mi dicha y mis lágrimas de tinta vertidas sobre el invisible cielo de mi computadora.

Sentí como si me hubieran quemado la casa, como si el huracán hubiera pasado encima de mí o como cuando un ladrón descubre que le han vaciado el departamento. De ello no quedó más que algunos fragmentos que conservo porque algunas noches tuve el arrebato de mandar a remitentes al azar.

Me gustaría decir que me he recuperado del cruel gazapo de esta triste tecnología. Como paliativo, diariamente escribo para un periódico especializado y de vez en cuando me da por escribir un reportaje que mis editores mutilan.

Tengo veintiséis años y escribo de finanzas y economía para El Financiero. Hace como una década, cuando tomé la decisión de estudiar periodismo porque sabía que lo que quería era escribir y trastocar conciencias con una buena estructura. Ya antes había pensado en estudiar letras inglesas o cualquier cosa que me pusiera frente a una página qué llenar con sesudos comentarios y profundas investigaciones.

No obstante, pasaron muchos años tras haber los pasillos de la universidad para que pudiera ver mi nombre escrito en las páginas de una publicación impresa, lo cual sucedió un 16 de abril de 2013, cuando mi primer texto apareció en Hacker de Excélsior.

Cuando el entusiasmo se me enciende escribo cuentos como queriendo reescribir lo que es probable que un día olvide y para que las personas que quiero no dejen de quererme. Los que me conocen, saben que en el punto álgido de mi ternura suelo poner en sus ojos palabras mías como la ofrenda más preciosa que puedo ofrecer por el amor que me dan.

Mi primera portada. Reedición de El Financiero. Miércoles, 26 de febrero de 2014.
Hace algunas semanas ya, uno de mis reportajes vio por vez primera la portada y mi nombre se posó en la primera reedición de El Financiero. Nunca mis palabras me hicieron sentir tan dichosa.

Quién sabe cuál es el impulso que me lleva a escribir y preguntar por historias, a tomar las palabras y estructurarlas entre cifras y gráficos y por otro lado juntar los fragmentos de mi imaginación cuando me da por hacerle al cuento.

Escribo para saber de ustedes y conocer el mundo, porque para poder escribir una página antes debimos de haber leído unas cien.  

Escribo porque nací para esto. Escribo 'por qué' y me llena el horizonte. Gracias a ustedes por leerme, porque creo que es así como se construye el mundo: por quienes lo escribimos al mismo tiempo que buscamos leerlo.

Esta es quien les escribe (en una toma selfie, tan de moda ahora). En ocasiones también sale en tele, pero esa es otra historia. 



martes, 10 de mayo de 2011

Canto al corazón

Mi mano entonces tuvo la fuerza que nunca tuvo: abrió la piel, atravesó costillas y lo sacó de su lugar. Las costillas tenían la fortaleza de quien nunca se deja penetrar más allá del calcio. Lo que quedó expuesto fue una masa demasiado grande para merecer el mote de lo que pretendía nombrar: mi corazón.

- Mi dibujo no estaba tan errado, entonces… el corazón es así.
- Es casi igual… pero mira: el tuyo tiene un hoyo aquí… y de este lado está marchito… como seco.

Lo contemplamos entonces… era tan desproporcionado que tenía que sostenerlo con ambas manos. Sangraba poco, pero sus dimensiones aún nos tuvieron boquiabiertos lo suficiente como para que en la realidad pasaran dos horas.

- Ya no lo puedo regresar a mi pecho.
-No te preocupes, te crecerá otro.
- ¿En serio?
-Sí… déjalo afuera, el corazón crece rápido.

domingo, 8 de mayo de 2011

El patíbulo del goloso

Cuando el cinismo se extrapola a límites donde la vergüenza ya no figura ni siquiera como ornamento, uno redacta textos como éstos. Estimados lectores, tras una etapa de silenciosa ausencia en este blog vengo a contarles cómo me sacaron una muela.

Y no, no vengo a ofrecerles el relato de quien con naturalidad se deja extraer el poco juicio que le queda en forma de muelas –nunca he entendido cómo es que hay quien a la menor provocación va con infame alegría a dejarse sacar las muelas y todavía pagar por ello-. Lo mío es una vulgar caries de confitería cocinada a fuego lento en el horno de mi golosa bocota.

***

El que es buen pez, por su boca muere. Pero yo ni siquiera sé nadar y siempre ando mordiendo el anzuelo. Ya desde que visité al primer verdug-ódontologo cuando iba a la primaria, sabía que cualquier consultorio dental que visitara sería a final de cuentas, mi cadalso recurrente. En ese temprano entonces había ido nada más a una revisión de la caída de mis dientes de leche y a corroborar la saludable salida de los permanentes.

Pero ya saben que ésta, su inconstancia con patas, no se volvió a parar por un consultorio dental si no era con dolor de por medio. La historia siempre fue la misma: ir a calmar el dolor a sabiendas del espeluznante y agudo sonido de la fresa y salir de ahí con la boca apestando a curación y una cita para continuar el tratamiento… y dejarla pasar por otras cosas más apremiantes.

Los años pasaron rápido, como suelen pasar en las historias de los ingenuos y yo seguí siendo la misma golosa que sucumbía por unos bombones con chocolate, que era sobornada por sus compañeros con la selección más fina de la dulcería y su pasatiempo favorito es y será la hora de los postres, caramelos y otras delicias azucaradas. De chicles ni hablemos, pues dejé de frecuentarlos en la secundaria porque gracias a su pegajosa consistencia me hice de mis primeras amalgamas.

***

Nadie se muere de un dolor de muelas, pero quien lo padece se quiere morir. Empieza uno con ínfimos piquetitos al interior de la boca que empeoran a tal velocidad que en un par de horas soportar la cabeza encima de los hombros es una hazaña. Entonces un analgésico empieza a ser menester para el goloso adolorido, que acude a la farmacia o al cajón de las medicinas y apura la primera pastilla que se le ponga enfrente. Luego va al espejo a evaluar la magnitud del desastre y es entonces y no antes cuando se advierte la dimensión de la trastada: la pequeñísima caries que ayer apenas nos causaba molestia, hoy ya es una monstruosidad que pretende sacarnos otro agujero e inaugurarnos una boca nueva.

El condenado (en este caso, quien aquí suscribe) no tiene más remedio que hacer cita con el dentista cuando los paliativos fracasan. En mi caso, ya no regresé con el viejo conocido, sino que fui con el odontólogo de mi mamá, que tan buenos resultados le ha dado.

Llegar a la primera cita es saberse de antemano condenado a muerte. Primero, porque el alma se trae en la boca y uno quisiera escupirla en el primer lavabo disponible y luego, porque el doctor dictaminará con ojos de piedad y hasta con cierto tono de burla dirá: ya no hay nada que hacer por esa muela, la infección es inconmensurable; hay que extraer.

La sentencia resuena atroz por todo el consultorio. Y uno todavía quiere pelear, quiere salvar la pieza y sugiere una endodoncia. Con toda la sabiduría de su paciencia, el dentista explica por qué no es posible cualquier bienintencionado procedimiento para redimirse de la caries sin perder más que dinero y procede a prescribir antibióticos por siete días para bajar la infección y garabatea la fecha y hora de la muerte en la agenda.



Como todo buen condenado, tuve mi última cena. Una gringa con mucho queso y una generosa cantidad de tacos al pastor. Me habría gustado deleitarme con una cerveza, pero ya se sabe que los antibióticos y el alcohol llevan mucho tiempo peleados y no se sientan a la misma mesa.

Tienen ustedes que saber que fue una infamia que el doctor me haya citado a las nueve de la madrugada en su consultorio para una proeza de magnitudes mortales. Claro está, llegué tarde acompañada de mi mamá, que ya es muy cuate del doctor José a secas. Yo estaba lívida, con la presión baja y apenas mostraba señales de vida. Mi mamá y el doctor intercambiaron estampitas y le dijo que me había tomado el medicamento al-pié-de-la-letra y ella podía certificarlo –sepa usted que cada que me tocaba medicamento me llamaba por teléfono y me amenazaba con cosas terribles de no hacerlo-.

Habiendo hecho las primeras consideraciones, empezó el martirio. De entrada pareciera que todo va a estar bien y el médico esparce anestesia por la zona afectada con un algodón para dar paso a la dolorosa estocada de la lidocaína inyectada y esperar “unos minutitos” a que el medicamento te idiotice… digo, te haga efecto. En ese preludio al dolor anestesiado, mi mamá y el doctor estaban de lo más campechano hablando de declaraciones de impuestos, de la firma electrónica y otros horrores fiscales.

A mí me sudaban las manos, sentía las piernas trémulas como nunca y sólo podía pensar quién podría redactar el epitafio de mi tumba, quién se encargaría de las exequias posteriores y si habría suficientes nardos en mi funeral para disimular el olor a dentista que desprendería mi cuerpo.

Los minutitos pasaron en un pestañeo. Cuando abrí los ojos el doctor ya tenía un enorme desarmador sobre mi rostro y me previno que escucharía cosas crujir en mi bóveda craneal. Y empezó… y dolió. Alcanzó su enorme jeringa y suministró una nueva dosis de antestésico que dejó la mitad mi boca sumida en un trance entre el limbo y la inconsciencia. Esperamos “otros minutitos más” y luego vino lo más fuerte. Crack, crack, crack… y en menos de un minuto la muela ya estaba en la charola de utensilios, sangrienta y horrenda, fuera ya de mi boca.

El mismo doctor se sorprendió de que haya salido tan fácilmente y me mostró ese monstruo informe y con media cabeza en una gasa. Sentí que había dado a luz a un pequeño Frankie y pedí que lo apartaran de mi vista de inmediato.
Debo reconocer el magnífico trabajo del doctor José Ramos Rebollo: me hizo la extracción más rápida y más indolora de la que tenga cuenta. Aunque eso sí, como todo buen doctor me prohibió el café y cualquier tipo de irritante (que son mis preferidos), me recetó más antibióticos y desinflamantes y lo peor: me prohibió andar en bicicleta hasta el lunes.

***

En la vida del goloso, el momento preferido del día es la hora de los postres. Es esa misma situación la que, a la postre lo llevará sin escalas al infernal patíbulo de las extracciones, endodoncias y otros procedimientos odontológicos sacados de un cuento de terror que ni el mismo Quiroga pudo imaginar.

Ahora sólo queda ver cuántas piezas más hay que tratar de caries. Estén pen-dientes.



Como
Dijo
Don Wolfango:
Tengo
Dolor
De muelas
En
El
Corazón.




sábado, 2 de octubre de 2010

Impulso Asesino

Mi cuaderno musical de Bach. Para agrandarla, dar click en la imagen.

Tuve un impulso asesino. Entonces las ganas no me faltaban, sólo el arma.

A veces dibujo, sobre todo cuando no tengo otra defensa de mí misma.

Luego llegó la calma. Pero el impulso en ocasiones, persiste.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Amar en ayunas: Cien años en la UNAM.

El gastado alegato de quienes dicen que saben es que el desayuno es el alimento más importante del día. ¿En qué consiste el alimento primero que lo hace tan importante? Yo siempre fui a la escuela en las mañanas y no hubo una sola en que haya llegado a la primera clase –todas comenzaron religiosamente a las siete de la mañana- con algo más que unos sorbos de café y un cigarrillo.

La historia de mis ayunos escolares comenzó en 2003, cuando entré a la Escuela Nacional Preparatoria: la número seis, la de Coyoacán. Mi mamá ya no se desgastaba en discusiones de tercos: no habría de desayunar ni sortear mis ascos matutinos aunque el yogurt fuera del sabor más exquisito o el cereal tuviera azúcar.

Y es que sólo con la panza vacía tenía la certeza de estar recibiendo –amén de la cursilería que estoy a punto de pronunciar- el alimento preciso de los siempre hambrientos: la clase de física o la de Lógica en cuarto año; la de Etimologías o Literatura Universal en quinto; la hermosa clase de problemas sociales de México o de Sociología en sexto. Pasado el trance, entonces sí ya me podía empacar un sándwich, unas burritas o cualquier golosina con un café del Jarocho.

Poco importaba la densidad de los caminos para llegar a las clases, ni la espesura de la madrugada postrera que amanecía siempre en el salón de clases, el insomnio impuesto de los estudiantes, o la prisa perpetua que padece el que asiste a la UNAM, ya en su modalidad de bachillerato o en la licenciatura.

Recuerdo con una felicidad casi absoluta todo lo vivido en esa escuela, con todo y su positivismo metódico que ve ciencia a la vuelta de la esquina: empezaba entonces mi carrera como universitaria y nada me entusiasmaba más que alimentarme de ideas por las mañanas en la escuela, embriagar mis sentidos de lecturas incesantes por las tardes y la prisa de terminar la tarea por las noches.

Con todo, nunca fui una buena alumna. Llegado el momento de escoger licenciatura y campus, mis inconsistencias en la preparatoria prolongaron mis caminos de Coyoacán hasta el mismísimo municipio de Netzahualcóyotl: el papel era irrefutable: estudiarás en la FES Aragón y hazle como quieras.

Es este momento del relato y su ubicación en la línea del tiempo son lo que pretenden darle sentido a este post. Si usted cree que hablaré de la grandeza de la Universidad Nacional Autónoma de México sustentado en el preludio cursi que hice sobre mis épocas preparatorianas, mejor deje de leer. Seré merecidamente cruel como lo ha sido mi historia en la época de la licenciatura.

A Aragón también llegaba irremediablemente en ayunas, a correr por los pasillos con torpeza y en ocasiones no llegar a tiempo por que el metro se venía parando u otros accidentados sucesos en el camino.

En Aragón hubo veces en me quedé con hambre, porque al profesor en turno le venía en gana no llegar a la escuela sin siquiera pretextar excusa alguna o porque mi espíritu llegó a prescindir de esos mendrugos de desayuno que me daba en sus salones: comparado con lo que había vivido en la prepa y las portentosas voces que me llenaban el alma, nada podía saciarme, mucho menos los desplantes despóticos de ciertos individuos que ostentan el titulo de universitarios para ocultar su monstruoso traje de mediocridad.

En tercer semestre, sucumbí: confieso que soy una desertora de la Universidad, la misma que hoy todos elogian a cien años de su fundación como la casa de estudios nacional. Me fui, me fui, me fui… dolorosamente huí de los rumbos aragoneses. Si regresé fue porque me fui a otra universidad que me estaba matando de hambre y fustigándome con superficialidades y atenciones gazmoñas. Regresé también a que me lapidaran hasta hoy bajo el yugo de la indiferencia.

No hablo sólo de la larga distancia que tengo que recorrer para llegar a la que hasta hoy ha sido mi escuela, sino el desinterés y el olvido que se vive. Argumentarán las autoridades que los alumnos de las instituciones descentralizadas de Ciudad Universitaria reciben la misma atención, pero mi experiencia dice lo contrario.

Quienes hayan compartido aulas conmigo, particularmente en la carrera de Comunicación y Periodismo no me dejarán mentir: uno pierde cualquier mendrugo de ánimo al llegar a un salón que lleva días sin que una mano perezosa pase de mala gana una escoba para quitar un poco del polvo fino que cubre a las escuelas; cuando un cúmulo de desechos estudiantiles se posa nauseabundo, asqueroso y hediondo en alguna esquina del aula o cuando tienes que deambular por todos los pasillos buscando un baño con agua para ponerle fin a las necesidades, producto final de un vaso gigante de café que tomaste en la mañana para despertar a tu cruel realidad: salones sucios, instalaciones descuidadas y sanitarios sin agua.

Pero tampoco puedo ser ingrata con la FES. En sus pasillos encontré profesores tan sabios como generosos y alumnos tan dedicados como brillantes, menos frecuentes, eso sí, pero refulgentes en el lecho seco de un río que se empeña en fluir pese a la precariedad.

Aquí, con mi hermano Francisco en la escuela, casi al final.

Celebro sí, los cien años de una institución pública con inconsistencias y deficiencias que he vivido desde adentro y que aún hoy tengo que padecer por no haber concluido mis créditos y con toda la legitimidad que me da el ser alumna. Mala alumna, tal vez, pero preocupada después de todo, por mi alma máter.

Enumero los defectos de mi facultad, no con el ánimo punitivo de quien quiere joder a sabiendas de lo recibido, ni tampoco por empañar el esplendor de las fiestas centenarias de mi universidad. Escribo este post porque sé lo que es amar en ayunas a la Universidad Nacional Autónoma de México.

Es amar a la universidad no desde el centro -en C.U.-, pero sí desde muy adentro en Aragón; amar a la universidad aunque su trato en la licenciatura no haya sido más que de indiferencia; amar a la universidad como es y no como la que nunca ha sido. Amar a mi universidad porque me alimenta el espíritu estando en ayunas, aunque calle lo que la raza pregona.




P.S. Este post no concluye aquí, porque hablamos de universalidad. Comenten, deshagan mis argumentos, hagan el favor de comerme viva.

sábado, 27 de febrero de 2010

La insoportable brevedad del tweet

1. Al buen entendedor…
Es el diablo. Prescinde del sueño, se crispa, se alimenta de sí mismo… Es el artificio del rumor, brevísimo cuentacuentos, hacedor de aforismos, sentencial y contundente. A algunos pusilánimes, hasta miedo les da y otros igual de imbéciles ya lo creen en crisis.

Una porción significante de personas dilapidamos nuestras horas en tuitah; algunos por ocio, otros por razones mucho más encomiables.

No es gratuito el descuido de una de mis bicicletas, este blog caído en desuso por la ociosidad de ésta, su dispersión con patas, quien suscribe estas palabras para contarles cómo se ha gastado las madrugadas en twitter.

En ese inmerso salón que es el timeline, donde confluyen la sensatez y la trivialidad para tomar café, hacen falta sólo 140 caracteres. En ellos se suscriben vidas y murmullos, tratados en fragmentos y fotografías encriptadas, poemas como mariposas y secretos en clave de fa.

Escritura lacónica y festín de brevedades. Es twitter.

Aunque de pronto sentí la imperiosa necesidad de volver a mi vieja bicicleta tras dos meses de merecidas vacaciones.


2. Apología de las estrellas
Gómezdelasernas, Cioranes y Lichtenbergs habrían alucinado twitter. O lo habrían amado, qué se yo.

Pelo ha dicho muy bien lo que es favoritear tweets por acá. Cierto es que gracias a ella y a su banda trasnochada, las madrugadas se me han llenado de estrellas. Y no hay más que decir.

Es una silenciosa deferencia del entendimiento.




3. No se hagan bolas
Que algunos zopencos lo satanicen y lo categoricen bajo la etiqueta del miedo es un trabajo de la ociosidad periodística. En ciertos círculos llevan semanas discutiendo si se puede tomar como fuente de información.

Es fácil decirlo: no, no lo es. Twitter es la explanada del murmullo, de los rumores sin confirmar y de la ligereza del chisme. No hace falta estudiar periodismo para entenderlo.

Tuitah no es un medio y que les quede bien claro. Puede usted que me lee, dejar de seguirme o dejar un comentario más tarde, tirarme de a loca o tacharme de tradicionalista.

Saben ustedes ya de casos de pifias surgidas de la nada con sus subsecuentes reacciones coléricas. Y el enojo les dio por hacerle demasiado caso a las personas que siguen. Son ellos los únicos culpables de su ira porque legitimaron twitter como medio cuando no lo es.


4. El ingrato oficio de la escritura
Sí, claro: me la he pasado redactando y leyendo tweets. Como dice Asiain en este tratado, twitter es un acto de escritura. Pero tras meses de estar en sus filas, a mi inconformidad no le ha bastado twitter.

Por eso, cuando quiero ser concisa y entablar un diálogo ligero, escribo acá, porque es el espacio en que mi inmediatez se regodea; cuando creo que me hace falta un poco más de espacio uso Tumbrl (o como diría el Rufián, la necesidad urgente de querer decir algo) y finalmente, mi bicicleta que es este blog, el que dejé un par de meses olvidado debajo de la cama donde descansan mis pensamientos.

Esa es la razón. Pero puede usted pensar, si es que le viene en gana, que a mi holgazanería le gusta tener varios espacios donde recrearse.

Se lo dejo a su criterio.

***

De las madrugadas estrelladas o las tardes de sordo debate, de las ganas de entablar conversación o cómo nos llegan las novedades desde el otro lado del mar. De twitter, el diablo que no duerme y su insoportable brevedad, porque en ella se encierra un mundo que se deja vivir a unos y a otros no tanto.

Sírvase de entender este post como la advertencia de mi regreso a blogger. Tengo varios cuentos atorados y un cúmulo de anécdotas que se me arremolinan en los dedos.

Si no ha entendido nada de lo dicho en este post, sáquese un twitter, no sé que está esperando.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Literalgia VI: Cuando las avenidas saben a memoria...



De las pertenencias empaquetadas, no hubo nada más voluminoso que los recuerdos.




Como si las despedidas no fueran contratiempo suficiente, como si andar el camino por última vez no fuera dificultad dolorosa; esta tarde anduve los recuerdos.

Las aceras guardan en su asfalto la imprecisión de lo acontecido en otras épocas. Esas calles no callan: tienen impresas en sus paredes las historias que un día decidieron contarse y basta poner un pié en ellas para que un viento de nostalgia te murmure como en un suspiro, las anécdotas que a golpe de olvido se guardan en los cajones de la desmemoria más cruel.

***

La travesía de la irrealidad más virtuosa comienza justo donde termina la Zona Rosa y el camino que con tanta premura recorrí. Ya desde la Calle de Liverpool y dejando atrás la glorieta de Insurgentes se deja leer una Darinka corriendo con el corazón en la mano y la euforia en la otra… las tardes vagabundas en las librerías y los reencuentros fortuitos con personas que hoy quiero olvidar.

Pero es Paseo de la Reforma la avenida de mis distancias más largas. Se deja escuchar la urgencia de mis tacones corriendo para alcanzar el autobús bajo el yugo aplastante de un horario diurno, corriendo siempre en sentido opuesto al deseo.

Es el circuito de las manifestaciones perpetuas, el festejo tricolor en el Ángel, la ciclopista más extravagante, la galería más excéntrica, el tránsito siempre lento y la indiferencia bursátil. Es la rúa de la saudade y la melancolía, porque desde la Diana hasta la Fuente de Petróleos el otoño se hace permanente.

Llegué ahí por un descuido de mi destino sureño y tuve que caminar la furia de su bullicio por más de un año de vaivenes y traspiés. Fue en sus banquetas donde me llovió la ternura más amorosa por vez primera y llegué a la oficina escurriendo mi amor y oliendo a la humedad del deseo más incierto; o aquélla tarde aciaga en que la muerte se desplomó de un avión, dejándome desperdigados trozos de humanidad por todo el corredor.

En Reforma dejé mis despedidas más sinceras a las personas que más amo y también a las que luego dejé de querer. Siempre me despidieron con dulzura al abordar el camión y hubo manos trémulas que intentaron detenerme en un torpe afán de romper la responsabilidad que se dirige a trabajar. En la esquina de aquélla avenida tuve mi última despedida que pretextó poesía para dejarme el último beso de cotidianidad. Fue frente al Museo de Antropología donde perdí mis lentes y mi hipermetropía se hizo agudeza perenne.

Las horas nocturnas se cuentan por montones en ese camino. Por ahí también trasladé mi cansancio a la salida –ora a pié, ora en nube- para encontrarme con un abrazo, para mediar con mis pensamientos nómadas, para teorizar del desconsuelo…

De esos viajes traté de quedarme con aquéllos donde mis piés perdían el suelo en una bicicleta o donde mis pasos eran impulsados por una situación idílica, caprichosa e inverosímil.

Conservé los trozos de papel donde anoté mi incertidumbre y mis dichas vividas justo ahí, la avenida de las distancias que no se dejan de andar.

***


Esta ocasión ya me esperaba desde entonces… Desde que paseé mi distracción en bicicleta un domingo cualquiera, o al trasladar mi prisa para llegar siempre tarde a trabajar; desde que erré por los camellones, esperando siempre y tratando de matar la impaciencia de una llegada o caminando con un cinismo orgulloso tras la travesura de una calle.

En ese circuito sembré los recuerdos que hoy coseché por ser la última vez que la pisaré con la constancia usual. Leí en cada muro los textos que redacté con la furia de mis puños invernales, con la ligereza de mi pluma en primavera, con papel hojarasca en otoño y tinta de aguacero en verano.

Reforma es el texto más extraño que haya tenido que escribir, porque me redacté a mi misma en cada crucero y pormenoricé mis recuerdos en el asfalto para luego recogerlos de la banqueta porque el olvido los quiso atropellar. Reforma es un verso que no se termina de escribir, el párrafo prolongado de lo inimaginado y el borrador infinito de las coincidencias imposibles.

Sé que de tarde en tarde volveré a mi Paseo de la Reforma montada en bicicleta sólo para desandar los recuerdos y reescribir el futuro…

jueves, 26 de noviembre de 2009

Post Nuevo

Pocas cosas reemplazan la amena sensación de romper el empaque. Somos los dueños y seremos también los primeros en probar su lozanía. Lo inédito, lo desconocido, la incertidumbre de lo que vendrá, su frescura dispuesta sólo para nosotros. Flamante e insospechado, accidental o premeditado: es lo nuevo.

Hablo de esa incertidumbre deleitosa, la seducción de lo efímero, el placer de un estreno, el deleite de la novedad, la efervescencia emergente, la presentación de lo insospechado…

De lo nuevo se llenan las planas de los diarios y de novedad se nos colma la boca y los ojos cuando leemos sus páginas. Quien niegue su gusto por la novedad, miente casi siempre.

Bajo ese deseo, asistimos a estrenos de películas, esculcamos en las estanterías de novedades en las librerías, esperamos el lanzamiento del siguiente disco, la presentación de obras en la galería, contemplamos con admiración al nuevo en la oficina, estrenamos atuendos casi siempre en ocasiones que por su singularidad lo ameritan, inventamos palabras y las bautizamos como neologismos. ¿Que no nos gusta lo nuevo?

Aceptémoslo: nos regodeamos en ese hervor inmediato de la novedad y no sólo eso, sino que especulamos sobre su llegada: todavía no se publica y ya estamos vislumbrando las letras y la temática; aún no lo escuchamos, pero ya adivinamos la tonada; no se ha terminado de cocinar y ya nos saboreamos el manjar.

Decía Lipovetsky en su libro El Imperio de lo Efímero, que de novedad se llenan las estanterías y fundamentamos los preceptos de la sociedad contemporánea en una futilidad de escaparate. He ahí la moda y su bullicio ataviado de seda. Basados en la apariencia, mandamos al diablo la tradición. ¿A quién le importa una tradición cuando se está in?

En el terreno de lo personal, las cosas no distan mucho. No hay inquietud más agradable que imaginar el beso del hermoso extranjero; nada más memorable que el momento –esa breve fracción de tiempo- en que supe por primera vez de ti. Nada como el incierto vahído que sentimos cuando conocemos a alguien.

Hay quien gusta tanto de la novedad, que está en permanente cambio; su vida se vuelve una veleta atenta a la volubilidad del tiempo y de la época. A esos los llamamos volátiles e inestables, porque están subyugados a esa sensación irrepetible de lo nuevo. Aquél que se queda embelesado con la innovación está condenado no sólo a la futilidad, sino a la apariencia engañosa de lo pasajero y a la fugacidad momentánea. Son los perpetuos insatisfechos.

Ahí tiene usted a nuestros legisladores: reformadores permanentes de la ley, siempre con una iniciativa debajo de la manga. Están también los teóricos empecinados en crear conceptos e innovar en la academia. La actualización constante de los sistemas operativos para que al año tengamos que cambiarlo, el lanzamiento de marcas, la fabricación permanente de ideales. Hay quien inclusive ya envasó el olor a auto nuevo. Nos inventamos problemas, proyectamos escenarios, concebimos lo que sigue, lo que sigue, lo que sigue…

¿Por qué gustamos tanto de la novedad? ¿Será que el lastre de la civilización occidental es una ligereza desprovista de raíces? ¿Es cierto eso de que la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar?

Esa insatisfacción no es nueva y son ya muchas generaciones disgustadas en permanecer. El anhelo y la inquietud quizá sean lo único que se arranciará en nuestro comportamiento. Yo misma vivo de la inmediatez y por eso hoy escribo este post nuevo. En una semana lo supliré con ideas etéreas, frescas y… nuevas.


Renovarse o morir

Que no se me malinterprete, porque no pretendo que carguemos con los vicios añejos para la posteridad. No es mi intención exhortarlos a que se afanen a todo hasta que ese todo se haga un guiñapo. No se trata de morir o matar… Renovarse también implica corregir y depurar.

Quiero suponer que el día en que lo nuevo llegue sin esa urgencia de siempre y aparezca como una mutación natural a algo mejor, entonces sí… seremos una civilización renovada.


N.B. Como diría Pelo... cuando la imaginación me escasea, cito autores.


domingo, 25 de octubre de 2009

La apoteosis de las caídas II: La maldición de la bici en la que aprendí a andar


Esa infame… la malquerida Turbo de Miguel donde aprendí a andar en bici hace ya año y medio me volvió a tumbar en el suelo. Entre ella y yo hay ciertas rencillas irreconciliables que no alcanzo del todo a comprender, puesto que fue en sus pedales donde saboreé la dulzura de la velocidad y por ella soy la ciclista empecinada que soy ahora. Pero también fue ella quien hace un año me tumbó en el Ajusco al más puro estilo presidencial (si quiere usted hacer un poco de memoria pulse aquí y aquí).



La Bici Turbo de Miguel: ¿antipatía?

Todo empezó con mi terquedad más necia de querer pedalear un rato. Hoy no tuve compañía, por lo que me fui andando sola hasta Río Churubusco, donde el Ciclotón me esperaba sin coches de por medio. Me puse mis audífonos y pese a las constantes cuestas que tuve que subir, no paré una sola vez; aunque admito que estuve a medio pelo de expulsar los pulmones por la boca. (Permítanme hacer una pausa para encender mi cigarrillo).

La música escogida al azar por mi IPod estaba de lo más deliciosa y acompasaba los claroscuros variopintos de un día de otoño indefinido que amenazaba con dejarse llover.

Ya en el camino, cierto señor montado en una bici de montaña estuvo a punto de chocar conmigo al cruzárseme de manera impertinente… no pasó de una mueca avergonzada de su parte y el correspondiente torzón de labios darinkiano.


Aquí mi cara de felicidad en Churubusco (y el vecino colado)



Cuando finalmente llegué a Patriotismo, mi boca era poco menos que el Sahara y mis labios eran los pedregales más secos de Arabia. Paré un segundo en el Oxxo para hidratarme y seguí mi camino.

***

El infortunado pronóstico de mi caída estuvo en la música que ignoré conscientemente, porque no hacía juego con el resto de las melodías que había escuchado. Préstele atención al título y dígame si no fue plan con maña de la perversa bicicleta:


Lo que sucedió no pudo haber sido más pueril: el cable de mis audífonos se enredó con uno de mis guantes, al mismo tiempo que caí en una pequeña zanja. El resultado: Darinka cayendo estrepitosamente sobre su lado izquierdo, primero la pierna contra el suelo, ingle chocando con la bici y finalmente pómulo restregándose en el asfalto. ¡Zaz! El IPod se deslizó unos metros adelante, el gatorade lo mismo, unas cosas se salieron de mi bolsillo y la bici quedó con las ruedas viendo al cielo.

Si usted cree que no grité, está equivocado. Lancé un profundo gemido, más que de dolor, de enojo. Al instante pensé “ah, pero qué pendeja soy”.

El primer ciclista que se detuvo resultó ser un truhán de segunda que, al ver mis cosas desperdigadas por la avenida se acercó fingiendo ayuda y con los dedos listos para robar… por eso mismo me levanté en un santiamén y recogí lo que había caído en el descenso: mi IPod, un encendedor y un labial. El pobre ladronzuelo tuvo que conformarse con hurtar mi Gatorade. Acto seguido, un grupo de ciclistas que suelen asistir con regularidad a los paseos dominicales me ofrecieron su ayuda, ésta sí genuina y altruista.

Fue hasta ese momento cuando caí (oh ironía) en cuenta de la magnitud del golpazo, pues aquéllos amables señores se acercaron a preguntarme de forma desinteresada si acaso estaba bien (aunque era obvio que no). Recogieron mi bici y me ayudaron a llegar a la orilla de la avenida. La señora con ojos de almendra y mirada maternal me untó pomada desinflamante en mi pómulo ardiente y me aconsejó irme caminando un rato hasta que se me pasara el susto.

Como ya dije antes, los ángeles andan en bicicleta. En esta ocasión, ellos fueron mis salvadores, si no alados, sí afortunados. Me despidieron los dichosos, con una bendición en los labios y deseándome suerte. Sé que los volveré a ver montados en sus bicis, y en ese momento les expresaré mi infinita gratitud por el cuidado que me tuvieron al verme postrada en el suelo y con la cara inflamada. Gracias, mil gracias.

Era la una con diez minutos cuando me desplomé. En lo que medio me recuperaba me dio la una y media. Supe que ya no podría terminar el circuito, menos por el dolor subiéndome por los muslos y las punzadas intermitentes de mi mejilla. Así que decidí llegar sólo hasta el metro Patriotismo, el mismo que no he vuelto a pisar desde la época aciaga de Nefastófeles (…) Observe usted el trancazo en fresco:


¡No! ¡En la cara no!

Mientras pedaleaba de regreso, la gente volteaba extrañada al escuchar mis gemidos de dolor. Cada pedaleo se me hizo un suplicio, por lo que ignoré las caras de incredulidad molesta de las personas alrededor y me fui lamentando sonoramente.

Seguro usted debe estarse preguntando qué le pasó a la condenada Turbo de Miguel: Nada. Apenas un leve raspón en el asiento y su orgulloso temple de aluminio amarillo y plata sigue intacto. La otra vez sí que salió dañada, pero esta ocasión hasta parece que caí de tal modo que a la bici no le ocurriera nada.

Si usted cree que ahí termina mi tragedia bicicletera, cae usted en un segundo error. Mientras gimoteaba lentamente para llegar al metro, el cielo comenzó a escupirme. Llovió pausado y tupido, de modo que cuando pude al fin guarecerme, ya estaba poco menos que empapada.

Ya en casa, con los sentidos turbados por los medicamentos y los nervios espeluznados por la hazaña, me siento aquí a contarles que mi pierna no tiene un moretón que legitime el dolor que me tiene postrada en esta silla y dopada al punto de la inconsciencia. Pero créanme: caerse de una bici, duele y mucho.

***

Ya fui a hacer las paces con la bici de Miguel. Acordamos que las anécdotas se quedarán sólo en el camino y que evitaremos malentendidos ulteriores si ceso mis intentos de montarla. Vaya pues, es una bici bondadosa y hasta amable, pero no está hecha para la ingenuidad de esta ciclista, necia como ninguna y distraída como ella sola.

Recordamos que el suelo no pierde dureza por más que andemos en él y que las caídas son el signo inequívoco de que el tránsito por nuestra vida es un largo paseo en bicicleta: con caídas y tropiezos; cuestas interminables y bajadas veloces que de tan bellas nos da vértigo.

Es la vida mi mejor paseo en bicicleta, y yo a mis veintidós, sigo aprendiendo. Con todo y las partidas de madre que me llevo en el camino.

***

Mejor me entretengo un rato viendo verdaderas caídas, y no pequeñeces de ciclista dramática como la mía.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Literalgia IV: Ensayo sobre el olvido


Cuando la vulnerabilidad se miró al espejo, encontró olvido transparente. Las memorias en un descuido se diluyeron en la superficie del cristal embustero: la salida fácil del atormentado por la memoria. En la brutalidad de la conciencia más desalmada existe el olvido como ingrediente impío de una lucidez cínica.

Es el olvido el artificio más filoso para la emotividad de los románticos y el abanico que agitamos cuando el bochorno de lo vivido nos colorea las mejillas de desencanto. Refugio de los torpes por excelencia, es la carretera de cuota del destino: hay que pagar con el impuesto de nuestros recuerdos para arribar a la indiferencia. Idilio de los cínicos y panacea de los desesperados; es el último recurso para las almas sin sosiego.

***

Durante días charlamos sobre cómo la lluvia dejó de ser harina de agua cerniéndose tierna en nuestras nucas para volverse una dolorosa convulsión de nubes. La tormenta se llevó en su caudal un montón de papeles sin sentido, un baúl perfumado con las cartas de un viejo amor, y unos vehículos que ya no circulaban de tan viejos. Descompuso el orden impuesto y trastocó nuestros nervios.

Para otros más dichosos, el aguacero fue de besos y el chaparrón fueron caricias sobre la piel. A unos les llovieron verdades y a unos más, la leve llovizna del deseo les alborotó el calor insufrible de la distancia.

Para los más desgraciados, el granizo aplomo de la realidad agujeró el techo de las soberbias más duras y la tormenta fue tan eléctrica que erizó los vellos de la altivez más mundana.

Al final, nuestras ropas despedían ese hedor húmedo de tormenta necia perteneciente un verano que se postergó hasta un punto insoportable.

A todos nos llovió: quedamos empapados del último mendrugo de cielo y de la humedad que las nubes no soportaron.

-Ha llovido tanto estos días…
-Tal vez mañana llueva
-Ojalá y no… -y al decir esto, tiré la sombrilla en el rincón del garaje.

Ese día, las llaves celestes se cerraron y nos olvidamos de la lluvia. Perdimos las anécdotas en el camino pedregoso de la ingratitud olvidadiza. Se reconstruyeron los techos del orgullo y se levantaron las infames columnas de la vanidad. Nos sacudimos las gotas de melancolía de los cabellos y fingimos que la tormenta había pasado. Reescribimos el amor en papel nuevo y usamos la tinta indeleble de lo artificial.

Pero de todo cuanto fingimos aquéllos meses de benevolencia, no nos habría de durar más que una estación. Días ha, percibimos en la atmósfera el aroma azul de la humedad que se avecina ycorrimos a la sombra más cercana a guarecernos de lo inexorable.

***

Cesamos la memoria pluvial con el juicio más despierto de nuestra crueldad; nos hicimos de la memoria corta y arrugamos los papeles de lo aprendido.

Asimismo, olvidamos el huracán de odio de la colectividad, la lluvia de besos en que pusimos el alma y que nadie nos correspondió, el chaparrón de promesas que no nos dio la gana cumplir, el rencor que sobrevino al aguacero de indiferencia y las ganas que nos sobraron cuando finalizó la llovizna de deseo. Fingimos primaveras y edificamos en vano.

Siempre llueve... por más que tratamos de pronosticar los recovecos de la lluvia y de vaticinar a sabiendas de que se nos va a quebrar el corazón cuando granice realidad; siempre, siempre, siempre, andamos sin paraguas… y el recuerdo no ha querido escampar.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Tarjeta de Cumpleaños

Llevo ya veintidós años de conocerte…

Desde siempre te has llevado todas mis palabras, porque lo primero que alcancé a balbucir fue tu nombre y no he podido dejar de pronunciarlo; desde siempre te has llevado todos mis besos, porque aún cuando estás lejos el beso matutino es por excelencia para ti; desde siempre he despertado con tu voz, porque aún cuando soy yo la distante, el timbre de tu voz resuena en mis oídos, con el sol en la ventana y con el desgano usual del mundo.

Siempre me ha sorprendido la alegría que se refleja en tu mirada, el sabor a cariño de tus sándwiches, esa cálida dulzura en el café que me preparas y la complicidad venturosa de tus consejos. Caramba, si hasta tus regaños me suenan a ternura.

Nunca supiste de álgebra, pero hiciste ecuaciones con los días y multiplicaste tus horas de tal forma, que ni el científico más avezado supo la fórmula que usaste para irte a trabajar y cuidar de mi fragilidad al mismo tiempo. Nunca supiste de química, pero evitaste del cloruro de sodio en la sopa y lo sustituiste por sacarosa en los pasteles.

Sólo tú pudiste enseñarme a rockear, a identificar el arte más sutil y las notas más alegres de una canción, a colorear los días con las crayolas de una sonrisa y espolvorear diamantina de felicidad en los días nublados. Sólo una persona como tú pudo ilustrarme en el arte de la diversión y revelarme cuán fructíferos pueden ser los desvelos bien encaminados. Quién sino tú pudo mostrarme las virtudes de una imaginación elástica, las bondades de un cuento y los secretos guardados en los libros. Me explicaste con paciencia las variables de las palabras bien dichas y expusiste con claridad que más allá de la verdad estamos nosotras.

Y no hay mejor coartada que tu cumpleaños para escribirte. Creo que es más bien un pretexto y no un motivo porque cada que escribo de mí misma es como si hablara de ti. No es que sea tacañería ni un impulso codo, pero no encontré mejor obsequio para tus cuarenta y cinco (chin… ya te balconeé).

Puedo ser cursi, y regalarte el amanecer de cada 10 de septiembre de este milenio. Puedo ser megalómana y regalarte el mundo con toda su hermosura. Puedo ser mentirosa como política y regalarte un ramo hecho con las rosas más rojas que haya de aquí a la orilla del mar. Puedo ser una poeta intransigente y regalarte la luz alegre de mis ojos en una cajita hecha con la noche en verso. Puedo ser ingenua y regalarte un libro, un CD o una casa y creer que con eso estarás satisfecha.

Pero soy realista: te regalo mis palabras, mi primer beso de cada día, mis abrazos más fuertes y más verdaderos y el tiempo que no me sobra, sino que busco para ti.

Porque cada año que celebramos tu cumpleaños, nos empapamos de la alegría de estar juntas, de los momentos que ni con Alzheimer se desdibujan y de la certeza de que no hay mejor relación entre madre e hija, que la escrita con la tinta de nuestra amistad, tejida con los hilos de nuestra complicidad risueña y cocinada en el horno de la dicha.

Feliz Cumpleaños Mami. Te amo de aquí al fin del mundo.




Café con leche. Aquí se nota que estamos igual de locas las dos. Por eso te quiero más: porque estás bien loca.

lunes, 7 de septiembre de 2009

La Infinita Temporalidad de la Música-III


En el ánimo más cursi de los cretinos nostálgicos, no hay vicio más deleitoso que poner una y otra vez las canciones que en el pasado estuvieron cargadas de significación. Hay quien dice masoquismo… yo digo que nos encanta ponernos el pié y sabotearnos la memoria a costa de una ventura pasada. Que hayan pasado ya muchos veranos entre aquéllos momentos y los tiempos como éstos no les resta un gramo de trascendencia.

Sin embargo, el granuja melancólico tiene en ocasiones que meter freno de mano para no apresurarse al abismo del recuerdo petrificante, pues se corre el riesgo de padecer estados psicóticos melódicamente intranquilos. Imagine usted un espasmo que no olvida y empecinado en recordar, sonorizado al gusto del melómano cursilón.

(Yo Darinka, con mi absurda gandallez pisoteada y con toda la crueldad de mi obtusa remembranza; me he visto en la necesidad de sacar de mi Ipod ciertas cancioncitas y sus desasosegados sonsonetes de sueños rancios. Inclusive los desafortunados CD’s han sido empacados en el baúl del olvido más profundo. Aunque aún no haya borrado tales melodías de mi Itunes, han prescindido de la palomita que hace que se reproduzcan en un descuido de la distracción del Shuffle.

Por salud mental, he botado ciertas sinfonías gastadas y tonadas aletargantes. Adiós… Si te vi, ni me acuerdo. No sé cómo va la canción. Se me olvidó la tonada. Abur... lárguese de mi Itunes.

Y no sólo eso. Es increíble cómo en la página de LastFM de un clickazo se puede borrar un año de música. Ahora sí: he terminado mi proceso de depuración musical.)


Nótese la rola que estaba reproduciéndose en el momento... ¿Casualidad?

Ando arrastrando los piés…

Sabe usted bien que el modo Shuffle en cualquier reproductor de música, puede ser el oráculo más acertado o artilugio dtecnológico idóneo para acorralarnos contra la pared de lo acontecido.

Llama la atención que el modo aleatorio de estos programas que hacen las veces de tocadiscos, tenga a mal llamarse SHUFFLE. Busque usted el significado en algún diccionario Español-Inglés y viceversa:

Shuffle:
1 n (a) to walk with a- Caminar arrastrando los piés.
(b) (Cards) barajadura f; to give the cards a – barajar las cartas: whose-is it? ¿a quién le toca barajar?

2 vt (a) feet. Arrastrar.


O Steve Jobs es un mequetrefe o no pudo imaginarse el marasmo en el alma frágil que clickea Shuffle y va arrastrando los piés en cada nota...


2003-2005: Coyoacán en el alma y mi mosaico de musicalidad

Quienes vivieron esos años conmigo saben que fue una de las temporadas más dichosas, extravagantes y memorables de mi vida.

Presenté mi examen para ingresar al bachillerato y sin la menor complicación mis rumbos se trasladaron a las calles de Coyoacán: Corina No. 3 Del Carmen Coyoacán y la Escuela Nacional Preparatoria Número 6 Antonio Caso.

En esa prepa todos eran tan raros y tan ñoños como yo. Albricias.

Necesitaba material nuevo para mi Discman (en esa época, todavía se usaban los discman. Los reproductores mp3, Ipods y demás enseres digitales aún no eran populares).

Supe lo que era el positivismo y lo deseché de mi mente, me hice discípula de la escuela del cinismo y volví a Diógenes mi mentor. El primer año nos quemamos las pestañas con unos 50 libros y los exámenes de historia eran 10 preguntas a desarrollar en 50 minutos: todo el examen escribíamos unas cuatro cuartillas infestadas de historia universal.

Fue ahí donde conocí a mis maestros más entrañables, como Froylán M. López Narváez (no se pierda su columna todos los miércoles en Reforma) o mi gurú, Luis Darío Salas Marín. Caramba… hacen falta profes como ésos en mi Rancho-Escuela.

Basta de ya palabrería que evoca. Vayamos a lo nuestro:


Los Auténticos Decadentes: Si usted no se conmueve con Osito de Peluche de Taiwán… hay tabla.

Mi favorita era La Guitarra, la que coreábamos al unísono cuando íbamos ya en sexto. Y sigo sin querer ir a trabajar, ni estudiar… quiero tocar la guitarra todo el día.

Latin Ska Force: De mis mejores discos en la prepa. Lo descubrí cuando iba en quinto y Ernesto y yo nos hicimos fans. Tiene ese toque de unión latinoamericana y el canto ideológico de libertad de la que todo adolescente es presa en algún momento.

El cover de Esto no es una elegía, La Polka Pelazón, Un Lejano Lugar y Skápate son mis preferidas.

Ely Guerra: Ojos claros, labios rosas. No necesito decir más.

Cuatro Caminos, Café Tacuba: Cuando andaba de cursi, cantaba Mediodía. Cuando andaba alegroide, Eo.

Rocanolver: En tu planeta me quedé… dedicada a Miguel.


El mejor descubrimiento para un adolescente furioso: el Grunge de Nirvana. You know You’re Right y sin faltar: Smells Like Teen Spirit


Los clásicos: Darinka no se puede desprender de sus raíces de cantautores.

Silvio en la prepa fue un hit, porque hablaba de Cuba y yo siempre me opuse al bloqueo. Era como la materialización musical de mi pensamiento que gusta de leer a Kapuscinski, a Galeano y a Fukuyama.

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Otra vez… ¡ahí viene el pop!

Coldplay: The Scientist es la rola popera de la Prepa. Sobre todo por el vídeo.

The Coral: La favorita es Dreaming of You. Hasta en Alfa la pasaban…

Green Day: Siguiendo en mi mood latinoamericanista, me gustaba contradecirme a mí misma cantando American Idiot, aunque bien sabía que eran gringos bien puestos los que escupían al cielo.

SOAD: Para ponerse un poco rudos, nada mejor que Toxicity o Chop Suey.

Evanescence: Cursi-violento de escaparate. Era la época, nomás.

Nelly Furtado: Y la rola que me marcaría hasta hoy: Try. El que es melancólico no deja de serlo aunque pasen los años.

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Aquí viene la mejor parte. Fue en la prepa donde consolidé mi gusto enfermizo por un par de bandas.

En rigor, para mí éstos fueron los discazos de U2 y Depeche en la prepa:


How To Dismantle an Atomic Bomb: ¿Cree usted que el nick de atomicdarinka es gratis? He aquí su origen. Salió en 2004, justo la época en que saqué mi primer mail.

The Best of 1990-2000: La noche de día de reyes del 2003, Miguel me regaló el DVD de este disco. De esos vídeos devino mi gusto, que ya había empezado años atrás, pero que acá se hizo religioso.

The Joshua Tree: Sepa usted que el día 3 de junio de 1987, With Or Without You estaba en el número 1 de Billboard. Ese hecho me marcó.

Este disco es El Disco.

War: Claro… estaba en la prepa. Una y otra vez cantaba Like a Song. Su contenido político me encantaba, la voz rebelde en pos de la libertad, el puño levantado por el domingo sangriento. Finalizando con 40. El disco de los eternos adolescentes.

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The singles 86-98: Con todo y que vivía con 30 pesos al día, me las arreglé para comprarme este disco en Mixup. Fue mi primer CD de Depeche.

101: al escucharlo, siempre me imaginé que estaría un día en un conciertazo de esos. El primero lo viví hasta el 2006. Ya viene el del 3 de octubre.

Playing The Angel: Éste salió en las postrimerías de la preparatoria. Lo incluyo en esta temporada porque lo escuché hasta el cansancio antes de que me hiciera universitaria.

Music For The Masses: A mi gusto, es uno de los mejores de Depeche. Sobre todo por Nothing y Never Let Me Down Again.



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Una vez que uno pasa tres años en esas calles, se lleva a Coyoacán en el alma. Lo que me dejó la prepa, además de un cúmulo de teorías y conocimientos, fue un puñado de amigos entrañables como mi hermanito Ernesto.

Y sí… soy de esas que gustan autosabotearse a costa de la música mientras arrastra los piés. Soy de la clase de cretinas que de un clickazo borra canciones. Soy la clase de bribona que cree en el infinito, porque la misma rola que escuché en 2004 me sigue sabiendo igual en 2009.

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La Música lo es todo, menos el mundo.