martes, 10 de mayo de 2011

Canto al corazón

Mi mano entonces tuvo la fuerza que nunca tuvo: abrió la piel, atravesó costillas y lo sacó de su lugar. Las costillas tenían la fortaleza de quien nunca se deja penetrar más allá del calcio. Lo que quedó expuesto fue una masa demasiado grande para merecer el mote de lo que pretendía nombrar: mi corazón.

- Mi dibujo no estaba tan errado, entonces… el corazón es así.
- Es casi igual… pero mira: el tuyo tiene un hoyo aquí… y de este lado está marchito… como seco.

Lo contemplamos entonces… era tan desproporcionado que tenía que sostenerlo con ambas manos. Sangraba poco, pero sus dimensiones aún nos tuvieron boquiabiertos lo suficiente como para que en la realidad pasaran dos horas.

- Ya no lo puedo regresar a mi pecho.
-No te preocupes, te crecerá otro.
- ¿En serio?
-Sí… déjalo afuera, el corazón crece rápido.

domingo, 8 de mayo de 2011

El patíbulo del goloso

Cuando el cinismo se extrapola a límites donde la vergüenza ya no figura ni siquiera como ornamento, uno redacta textos como éstos. Estimados lectores, tras una etapa de silenciosa ausencia en este blog vengo a contarles cómo me sacaron una muela.

Y no, no vengo a ofrecerles el relato de quien con naturalidad se deja extraer el poco juicio que le queda en forma de muelas –nunca he entendido cómo es que hay quien a la menor provocación va con infame alegría a dejarse sacar las muelas y todavía pagar por ello-. Lo mío es una vulgar caries de confitería cocinada a fuego lento en el horno de mi golosa bocota.

***

El que es buen pez, por su boca muere. Pero yo ni siquiera sé nadar y siempre ando mordiendo el anzuelo. Ya desde que visité al primer verdug-ódontologo cuando iba a la primaria, sabía que cualquier consultorio dental que visitara sería a final de cuentas, mi cadalso recurrente. En ese temprano entonces había ido nada más a una revisión de la caída de mis dientes de leche y a corroborar la saludable salida de los permanentes.

Pero ya saben que ésta, su inconstancia con patas, no se volvió a parar por un consultorio dental si no era con dolor de por medio. La historia siempre fue la misma: ir a calmar el dolor a sabiendas del espeluznante y agudo sonido de la fresa y salir de ahí con la boca apestando a curación y una cita para continuar el tratamiento… y dejarla pasar por otras cosas más apremiantes.

Los años pasaron rápido, como suelen pasar en las historias de los ingenuos y yo seguí siendo la misma golosa que sucumbía por unos bombones con chocolate, que era sobornada por sus compañeros con la selección más fina de la dulcería y su pasatiempo favorito es y será la hora de los postres, caramelos y otras delicias azucaradas. De chicles ni hablemos, pues dejé de frecuentarlos en la secundaria porque gracias a su pegajosa consistencia me hice de mis primeras amalgamas.

***

Nadie se muere de un dolor de muelas, pero quien lo padece se quiere morir. Empieza uno con ínfimos piquetitos al interior de la boca que empeoran a tal velocidad que en un par de horas soportar la cabeza encima de los hombros es una hazaña. Entonces un analgésico empieza a ser menester para el goloso adolorido, que acude a la farmacia o al cajón de las medicinas y apura la primera pastilla que se le ponga enfrente. Luego va al espejo a evaluar la magnitud del desastre y es entonces y no antes cuando se advierte la dimensión de la trastada: la pequeñísima caries que ayer apenas nos causaba molestia, hoy ya es una monstruosidad que pretende sacarnos otro agujero e inaugurarnos una boca nueva.

El condenado (en este caso, quien aquí suscribe) no tiene más remedio que hacer cita con el dentista cuando los paliativos fracasan. En mi caso, ya no regresé con el viejo conocido, sino que fui con el odontólogo de mi mamá, que tan buenos resultados le ha dado.

Llegar a la primera cita es saberse de antemano condenado a muerte. Primero, porque el alma se trae en la boca y uno quisiera escupirla en el primer lavabo disponible y luego, porque el doctor dictaminará con ojos de piedad y hasta con cierto tono de burla dirá: ya no hay nada que hacer por esa muela, la infección es inconmensurable; hay que extraer.

La sentencia resuena atroz por todo el consultorio. Y uno todavía quiere pelear, quiere salvar la pieza y sugiere una endodoncia. Con toda la sabiduría de su paciencia, el dentista explica por qué no es posible cualquier bienintencionado procedimiento para redimirse de la caries sin perder más que dinero y procede a prescribir antibióticos por siete días para bajar la infección y garabatea la fecha y hora de la muerte en la agenda.



Como todo buen condenado, tuve mi última cena. Una gringa con mucho queso y una generosa cantidad de tacos al pastor. Me habría gustado deleitarme con una cerveza, pero ya se sabe que los antibióticos y el alcohol llevan mucho tiempo peleados y no se sientan a la misma mesa.

Tienen ustedes que saber que fue una infamia que el doctor me haya citado a las nueve de la madrugada en su consultorio para una proeza de magnitudes mortales. Claro está, llegué tarde acompañada de mi mamá, que ya es muy cuate del doctor José a secas. Yo estaba lívida, con la presión baja y apenas mostraba señales de vida. Mi mamá y el doctor intercambiaron estampitas y le dijo que me había tomado el medicamento al-pié-de-la-letra y ella podía certificarlo –sepa usted que cada que me tocaba medicamento me llamaba por teléfono y me amenazaba con cosas terribles de no hacerlo-.

Habiendo hecho las primeras consideraciones, empezó el martirio. De entrada pareciera que todo va a estar bien y el médico esparce anestesia por la zona afectada con un algodón para dar paso a la dolorosa estocada de la lidocaína inyectada y esperar “unos minutitos” a que el medicamento te idiotice… digo, te haga efecto. En ese preludio al dolor anestesiado, mi mamá y el doctor estaban de lo más campechano hablando de declaraciones de impuestos, de la firma electrónica y otros horrores fiscales.

A mí me sudaban las manos, sentía las piernas trémulas como nunca y sólo podía pensar quién podría redactar el epitafio de mi tumba, quién se encargaría de las exequias posteriores y si habría suficientes nardos en mi funeral para disimular el olor a dentista que desprendería mi cuerpo.

Los minutitos pasaron en un pestañeo. Cuando abrí los ojos el doctor ya tenía un enorme desarmador sobre mi rostro y me previno que escucharía cosas crujir en mi bóveda craneal. Y empezó… y dolió. Alcanzó su enorme jeringa y suministró una nueva dosis de antestésico que dejó la mitad mi boca sumida en un trance entre el limbo y la inconsciencia. Esperamos “otros minutitos más” y luego vino lo más fuerte. Crack, crack, crack… y en menos de un minuto la muela ya estaba en la charola de utensilios, sangrienta y horrenda, fuera ya de mi boca.

El mismo doctor se sorprendió de que haya salido tan fácilmente y me mostró ese monstruo informe y con media cabeza en una gasa. Sentí que había dado a luz a un pequeño Frankie y pedí que lo apartaran de mi vista de inmediato.
Debo reconocer el magnífico trabajo del doctor José Ramos Rebollo: me hizo la extracción más rápida y más indolora de la que tenga cuenta. Aunque eso sí, como todo buen doctor me prohibió el café y cualquier tipo de irritante (que son mis preferidos), me recetó más antibióticos y desinflamantes y lo peor: me prohibió andar en bicicleta hasta el lunes.

***

En la vida del goloso, el momento preferido del día es la hora de los postres. Es esa misma situación la que, a la postre lo llevará sin escalas al infernal patíbulo de las extracciones, endodoncias y otros procedimientos odontológicos sacados de un cuento de terror que ni el mismo Quiroga pudo imaginar.

Ahora sólo queda ver cuántas piezas más hay que tratar de caries. Estén pen-dientes.



Como
Dijo
Don Wolfango:
Tengo
Dolor
De muelas
En
El
Corazón.




sábado, 2 de octubre de 2010

Impulso Asesino

Mi cuaderno musical de Bach. Para agrandarla, dar click en la imagen.

Tuve un impulso asesino. Entonces las ganas no me faltaban, sólo el arma.

A veces dibujo, sobre todo cuando no tengo otra defensa de mí misma.

Luego llegó la calma. Pero el impulso en ocasiones, persiste.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Amar en ayunas: Cien años en la UNAM.

El gastado alegato de quienes dicen que saben es que el desayuno es el alimento más importante del día. ¿En qué consiste el alimento primero que lo hace tan importante? Yo siempre fui a la escuela en las mañanas y no hubo una sola en que haya llegado a la primera clase –todas comenzaron religiosamente a las siete de la mañana- con algo más que unos sorbos de café y un cigarrillo.

La historia de mis ayunos escolares comenzó en 2003, cuando entré a la Escuela Nacional Preparatoria: la número seis, la de Coyoacán. Mi mamá ya no se desgastaba en discusiones de tercos: no habría de desayunar ni sortear mis ascos matutinos aunque el yogurt fuera del sabor más exquisito o el cereal tuviera azúcar.

Y es que sólo con la panza vacía tenía la certeza de estar recibiendo –amén de la cursilería que estoy a punto de pronunciar- el alimento preciso de los siempre hambrientos: la clase de física o la de Lógica en cuarto año; la de Etimologías o Literatura Universal en quinto; la hermosa clase de problemas sociales de México o de Sociología en sexto. Pasado el trance, entonces sí ya me podía empacar un sándwich, unas burritas o cualquier golosina con un café del Jarocho.

Poco importaba la densidad de los caminos para llegar a las clases, ni la espesura de la madrugada postrera que amanecía siempre en el salón de clases, el insomnio impuesto de los estudiantes, o la prisa perpetua que padece el que asiste a la UNAM, ya en su modalidad de bachillerato o en la licenciatura.

Recuerdo con una felicidad casi absoluta todo lo vivido en esa escuela, con todo y su positivismo metódico que ve ciencia a la vuelta de la esquina: empezaba entonces mi carrera como universitaria y nada me entusiasmaba más que alimentarme de ideas por las mañanas en la escuela, embriagar mis sentidos de lecturas incesantes por las tardes y la prisa de terminar la tarea por las noches.

Con todo, nunca fui una buena alumna. Llegado el momento de escoger licenciatura y campus, mis inconsistencias en la preparatoria prolongaron mis caminos de Coyoacán hasta el mismísimo municipio de Netzahualcóyotl: el papel era irrefutable: estudiarás en la FES Aragón y hazle como quieras.

Es este momento del relato y su ubicación en la línea del tiempo son lo que pretenden darle sentido a este post. Si usted cree que hablaré de la grandeza de la Universidad Nacional Autónoma de México sustentado en el preludio cursi que hice sobre mis épocas preparatorianas, mejor deje de leer. Seré merecidamente cruel como lo ha sido mi historia en la época de la licenciatura.

A Aragón también llegaba irremediablemente en ayunas, a correr por los pasillos con torpeza y en ocasiones no llegar a tiempo por que el metro se venía parando u otros accidentados sucesos en el camino.

En Aragón hubo veces en me quedé con hambre, porque al profesor en turno le venía en gana no llegar a la escuela sin siquiera pretextar excusa alguna o porque mi espíritu llegó a prescindir de esos mendrugos de desayuno que me daba en sus salones: comparado con lo que había vivido en la prepa y las portentosas voces que me llenaban el alma, nada podía saciarme, mucho menos los desplantes despóticos de ciertos individuos que ostentan el titulo de universitarios para ocultar su monstruoso traje de mediocridad.

En tercer semestre, sucumbí: confieso que soy una desertora de la Universidad, la misma que hoy todos elogian a cien años de su fundación como la casa de estudios nacional. Me fui, me fui, me fui… dolorosamente huí de los rumbos aragoneses. Si regresé fue porque me fui a otra universidad que me estaba matando de hambre y fustigándome con superficialidades y atenciones gazmoñas. Regresé también a que me lapidaran hasta hoy bajo el yugo de la indiferencia.

No hablo sólo de la larga distancia que tengo que recorrer para llegar a la que hasta hoy ha sido mi escuela, sino el desinterés y el olvido que se vive. Argumentarán las autoridades que los alumnos de las instituciones descentralizadas de Ciudad Universitaria reciben la misma atención, pero mi experiencia dice lo contrario.

Quienes hayan compartido aulas conmigo, particularmente en la carrera de Comunicación y Periodismo no me dejarán mentir: uno pierde cualquier mendrugo de ánimo al llegar a un salón que lleva días sin que una mano perezosa pase de mala gana una escoba para quitar un poco del polvo fino que cubre a las escuelas; cuando un cúmulo de desechos estudiantiles se posa nauseabundo, asqueroso y hediondo en alguna esquina del aula o cuando tienes que deambular por todos los pasillos buscando un baño con agua para ponerle fin a las necesidades, producto final de un vaso gigante de café que tomaste en la mañana para despertar a tu cruel realidad: salones sucios, instalaciones descuidadas y sanitarios sin agua.

Pero tampoco puedo ser ingrata con la FES. En sus pasillos encontré profesores tan sabios como generosos y alumnos tan dedicados como brillantes, menos frecuentes, eso sí, pero refulgentes en el lecho seco de un río que se empeña en fluir pese a la precariedad.

Aquí, con mi hermano Francisco en la escuela, casi al final.

Celebro sí, los cien años de una institución pública con inconsistencias y deficiencias que he vivido desde adentro y que aún hoy tengo que padecer por no haber concluido mis créditos y con toda la legitimidad que me da el ser alumna. Mala alumna, tal vez, pero preocupada después de todo, por mi alma máter.

Enumero los defectos de mi facultad, no con el ánimo punitivo de quien quiere joder a sabiendas de lo recibido, ni tampoco por empañar el esplendor de las fiestas centenarias de mi universidad. Escribo este post porque sé lo que es amar en ayunas a la Universidad Nacional Autónoma de México.

Es amar a la universidad no desde el centro -en C.U.-, pero sí desde muy adentro en Aragón; amar a la universidad aunque su trato en la licenciatura no haya sido más que de indiferencia; amar a la universidad como es y no como la que nunca ha sido. Amar a mi universidad porque me alimenta el espíritu estando en ayunas, aunque calle lo que la raza pregona.




P.S. Este post no concluye aquí, porque hablamos de universalidad. Comenten, deshagan mis argumentos, hagan el favor de comerme viva.

miércoles, 14 de julio de 2010

La importancia de llamarse Darinka

Soy hija en línea directa del futbol. Habiendo finalizado la euforia mundialista inmediata y quedándonos apenas con las cenizas de una apasionada aunque insípida Sudáfrica; vengo a contarles una bonita historia futbolera, digna de ser comentada como curiosa anécdota en el medio tiempo.

Tuve la gracia de nacer justamente un año después del mundial de 1986 en México. Todavía sonaba esa alegre cantaleta: “El equipo tricolor tiene mucho corazón y en la cancha lo demostrará…” en voz de una jubilosa pandilla que hacía poco con la garganta y menos con los pies. 



Desde ese entonces ya estaba marcado mi destino. Quiso el acomodo de cromosomas que naciera mujer y la disposición de los días que naciera en junio. Karen ya me llamaba desde antes de que naciera, el problema a debatir al interior de la familia era cuál sería el segundo apelativo de ese bebé que ya tenía nombre en caso de nacer, como finalmente terminó siendo, una niña.


Primer tiempo: conociendo la cancha

Tuvo mi papá la tremebunda idea de nombrarme Karen Elizabeth… (Este es un buen momento en el relato para espeluznarse). ¿Qué cómo fue que pensó llamarme de ese modo? Supongo que es fácil si nos trasladamos al pensamiento de un hombre de veintiún años viviendo las postrimerías de los ochentas. 

Y un día (porque en todo buen cuento siempre llega el día) llegó mi tío a la casa con una sonrisa en el rostro y una hermosa propuesta para nombrar a su recién llegada sobrina. 

Darinka dijo, y al unísono todos respondieron con un largo “¿cómoooo?”. Darinka repitió y la familia entera preguntó nuevamente mientras se rascaban la cabeza de dónde había sacado semejante mote tan singular, insólito y hasta pasado de ordinario.

La explicación es tan fácil como cómica, justificada tanto por la época como por las circunstancias y los personajes de esta historia. Aficionado histórico del futbol como muchos millones más en este país, devoto americanista y siempre atento a los resultados de cada torneo, mi tío no fue ajeno a ese mosaico de historias en torno al mundial en 1986.

Sepa usted que el director técnico de aquél equipo tricolor era ni más ni menos que el yugoslavo Bora Milutinović, ese simpatiquísimo individuo quien fue además jugador en los Pumas de la UNAM. Pues bien, ese hombre tiene una hija y se llama Darinka. Mi tío lo escuchó de la misma boca del entrenador en alguna entrevista y le pareció un magnífico apelativo para su recién nacida sobrina. Tan-tan; he ahí la explicación.

Aquéllos curiosos que se han interesado en conocer la historia nominal de quien suscribe estas palabras, siempre suponen de antemano que fue un nombre escogido con premeditación poética y reflexionado no sólo por la disposición fonética, sino pensado además con sumo interés del significado de éste. ¡Qué va! Me llamo Darinka y es un nombre ciento por ciento futbolero. 


Segundo tiempo: La democracia empieza en casa

Si usted se pregunta por qué fue mi tío quien me nombró y no mi papá, sus cuestionamientos están firmemente sustentados en una tradición histórica corriente. Naturalmente mi padre hizo un respingo al escuchar al osado que quiso llamar de modo tan extraño a su única hija.

El Karen ya era inobjetable, así me llamaban todos y punto; lo siguiente fue una breve pero sustanciosa discusión por el segundo nombre. Que si Karen Elizabeth o Karen Darinka… hasta pensaron en registrarme con los tres nombres: Karen Darinka Elizabeth, todo un espanto desde que son tres y ya se sabe que quien tiene tres apelativos se debe casi siempre a que no hubo un cordial acuerdo en casa y todos metieron su cuchara.

¿Cómo decidir, entonces? Diríase, como en cualquier partido de futbol, que un volado es la forma más democrática de decisión o la técnica comodina de dejar en manos del azar lo que no somos capaces de determinar. Si usted piensa que lo dejaron a un volado, cae usted en un segundo o hasta un tercer error. Lo cierto es que se lavaron las manos y le dejaron la responsabilidad ni más ni menos que al azar más ocurrente del que pudieron echar mano.

Un juego de poker fue el accidentado comisionado de escoger mi nombre. Y ya sabrá usted quién ganó…





Tiempos extras: de la mano de Dios a sus regalos

Yo no supe qué significaba mi nombre hasta hace algunos años. Mi tío sabía, claro está, pero nunca se le dio la gana decirme. Darinka significa en yugoslavo regalo de Dios. 

Veintitrés años y seis copas mundiales después sabemos que Yugoslavia ya no existe con ese nombre sino con el de Serbia y su perpetuo Belgrado; que la mano de Dios apareció en el mundial del 86 en el estadio azteca y que el regalo de Dios (supuestamente) cayó en mi casa un año después.

Pero Dios es mucho menos frecuente que otras diabólicas apariciones. Y en este caso, quién sabe si fue una mano de Dios o del diablo la que hizo ganar a mi tío ese juego de poker y por la que me llamo como me llamo. 

Así que me llamo Darinka y le voy a los Pumas. 

viernes, 18 de junio de 2010

El terrible vicio de subrayar los libros.



Días como éstos, envueltos de espesas nubes y amenazando siempre lluvia, son propicios para el recogimiento. Días como éstos, justamente hace unos siete años, cuando apenas iba en prepa y la lluvia me escupía sus verdades como dolorosas agujas en la nuca, cayó en mis manos el primer libro de José Saramago: El Hombre Duplicado rezaba aquella reseña en el periódico días antes de que vinieran a regalármelo envuelto en papel estraza y sin moño.

Quién sabe entonces por qué me empeñé en conseguir un libro del que no tenía mayor certeza que lo que algún desconocido habría escrito en esa lacónica brevedad casi obligatoria del apartado de libros en los diarios.

Lo recuerdo entonces, por ser el primero y por cómo me embelesó al grado de devorar ulteriormente unos diez libros del mismo dichoso autor. Hago esta referencia no con un vanidoso afán de presumir cuánto he leído, porque en el mismo empeño se me puede ir la boca; sino como la observación más humilde que se puede hacer a quien escribe: lo he leído por largas horas, he visto con sus ojos, se me ha enredado el pensamiento tras las palabras, he cargado su nombre en la mochila.

Hoy desperté con ese sobresalto incierto de la muerte distante. La noticia llegó a mi celular, lapidaria y fulminante: Saramago se fue. El remitente es un ser tan amado como inoportuno... Qué modo de despertar ha sido éste… Supongo que lo mandó a sabiendas de mi gusto, ese que se volvió casi un disgusto al saberlo muerto.

En un pasado aún más lejano de cuando comencé a leerlo, cuando aún medía metro y medio y asistía a la primaria, mi mamá y yo nos encontramos a Saramago en el Zócalo a la llegada de los zapatistas. Creo que tenía como diez años en las postrimerías del siglo ese y no tenía ni idea de quién era aquel señor de abundantes y despeinadas cejas. Y al verlo, mi mamá se acercó y fuimos las primeras y las únicas en recibir su firma en un ejemplar especial de la revista Proceso. Supongo que al verme tan pequeña tuvo un gesto de amabilidad medio indiferente, vayan ustedes a saber. Y mi mamá me regaló el ejemplar desde entonces y no conocí su escritura sino mucho después. Hoy guardo esa firma como la prueba fehaciente de que un día me lo topé; pobre niña frente a tamaña personalidad.

Detalle de mi autógrafo de José Saramago



***

Pocas veces he tenido este vahído sulfuroso de cuando muere a quien se lee. Casi todos los escritores que admiro de antemano los sé muertos; así me evito tener que escudriñar en la memoria aquéllas cosas que me legaron y que por natural consecuencia, se ven reflejadas en estas palabras.

Y me he topado, claro está, con un cúmulo interminable de elogios y críticas. Pero por muchos juicios contrarios que pude llegar a leer, mi afición por sus textos nunca disminuyó. No podría renegar de aquél que me hizo gastar tantas horas de modo tan apacible e hizo de una maraña de letras en los ojos, un panfleto de dichas encuadernadas.

Bien podría tapizar este post con un montón de sentencias del portugués, porque soy tremendamente mal educada y tengo la infausta costumbre de subrayar (con lápiz, justifico) los enunciados que me vienen en gana. El triste hábito de la torpe memoria, supongo. Recuerdo que leí en uno de esos libros, hoy no recuerdo bien cuál; a Saramago diciendo que subrayar los libros es decir “fíjate, hombre: aquí hay algo importante”.


***

Inhumano es no opinar, porque opinando y sólo opinando se oponen los pensamientos. Fue una de mis grandes influencias, aunque no en pocas ocasiones estuve en desacuerdo. Y no recuerdo momento en que no tuviera opinión.

Hoy aquí, con este embargo acumulado que traigo desde quién sabe cuándo, pensé también que me hace falta un perro que enjugue mis lágrimas. Y se me acumuló esto…

Me faltó conseguir su libro de poesía, ese que nunca pude comprar por barato. Y me faltó terminar Caín porque lo dejé a medias por descuidarme en la vida. Y me faltó hacer un par de reseñas más sustanciosas de sus libros.

Y me faltó también memoria para recordar un poco más. Pero ya afilé mi lápiz para seguir con esa exasperante manía de subrayarlo… es que no encontré mejor modo de evocarlo.

q.e.p.d.

sábado, 5 de junio de 2010

Las luces que no se extinguen.


A los niños fallecidos el 5 de junio de 2009 en el incendio en la guardería ABC en Hermosillo
A los niños que sobrevivieron.
A los que nos quedamos.




Ciertas heridas no cicatrizan pese a la indiferencia más monstruosa.
La luz de esos espíritus, los que se extinguieron y los que persisten;
el fulgor de quienes ya no están llegó hasta esta ciudad.

El olvido ha puesto un semblante institucional de indiferencia oficial,
de insensibilidad gubernamental y desdén burocrático.

Pero hay quien los conserva en la memoria,
como trozos de dicha que se ha ido,
como quien sabe que el cielo aguarda
y en la tierra habrá quien no guardará silencio.

Por ellos, por los niños de Hermosillo.
No hay una despedida, sino un recibimiento eterno en el corazón.

Son éstas las cosas que no deben de olvidarse.
Son éstos los sucesos que no deberán de repetirse.

Y aunque estamos en apariencia distantes
nos une la misma sed. De justicia. De Paz. De sosiego.

Para ellos. Por ellos.


Vigilia por los niños del ABC. Ángel de la Independencia. Ciudad de México.

lunes, 31 de mayo de 2010

Nocturno ciclista: la alegría de una rodada noctámbula



Las mejores celebraciones suceden de noche. El ánimo festivo suele tener una delicadeza única cuando es nocturna y la alegría se multiplica a un exponente casi infinito: conducirse de noche en bicicleta, por las calles del centro con una ligereza inusitada, la magia de quienes se dejan conducir bajo las estrellas por el puro placer de celebrar años de rodadas diurnas. ¿Cómo evitar el guateque sobre ruedas cuando ya los relojes han comenzado a bostezar?

Comenzó desde las ocho, pero para el empecinamiento propio de una desvelada sin remedio, las ocho aún siguen siendo horas que tienden su vela hacia la tarde. Llegué al filo de las nueve y media a las calles del centro, colmadas de ciclistas de formas tan variadas como las estrellas consteladas de júbilo. Y había estrellas y había luna, con todo y que la gruesa capa de humo sobre la ciudad apenas si las dejaban asomarse.



Pero mis mejores estrellas fueron los amigos que me fui encontrando en el camino, amigos que hice mientras rodaba, compañeros del pedal, amistades inconmensurables: Ernesto, de Bicitekas y Cuauhtémoc, el ckuate.

¿Quién mejor que ellos pueden relatarme la alegría de rodar de noche? Bicitekas tiene la saludable costumbre de salir cada miércoles a pedalear por las calles en un intento loable y amable de establecer un espacio en las calles para los no motorizados. Yo, por vulgares cuestiones de trabajo y falta de tiempo no he podido ir con ellos, pero ya estoy planeando un escape…

Y al andar, con la noche en los ojos y un ímpetu armonioso en los pies, Ernesto y yo platicábamos sobre la posibilidad de un Critical Mass en las calles del centro. Si bien se han hecho algunos en la Ciudad de México, aún no se ha logrado la convivencia armoniosa entre automovilistas y ciclistas por viejas rencillas y rencores añejos. Pero sepan bien que por ese insensato juego de ver quién gana más espacios en las calles o quién es más poderoso en ellas, muchas vidas se han perdido… lo malo es que el ciclista, por su condición, es más vulnerable a salir herido.

***

Regresemos a las alegrías, que para eso he regresado a este lugar. El recorrido fue breve, pero bastante sustancioso: 2.2. kilómetros de calles vacías. No hay caminos demasiado cortos para los espíritus apasionados y vehementes.

La iluminación de los edificios y la suavidad con la que se dibujaban sus sombras me hicieron recordar Guadalajara y la única ocasión que anduve de noche en bicicleta por unas calles que fueron mías por el simple hecho de haberlas recorrido con tanta pasión.

Y es que sólo así, andando y desandando, sucesivamente o en pausas; podemos construir la ciudad sin ese torpe afán de poder ciego al querer controlar las calles. Sea diurno o nocturno, trasnochado o madrugador, el camino es de quien lo anda, ya a pié, en un par o en cuatro ruedas… todos tenemos el mismo derecho de conducirnos por ellas.

De noche celebramos, de noche dormimos. Y así, andando en bicicleta nocturna, soñamos el sueño de una ciudad que sabe conducirse con equilibrio por el mundo.

¡Feliz, feliz!

P.S. El semestre casi ha terminado. Sírvase de entender este texto como el parteaguas de otros que vendrán a raíz de más horas de sueño y menos de clases. Aquí andaré respondiendo comentarios y demás... o en twitter, como usualmente. ¡Besos a todos!