viernes, 18 de junio de 2010

El terrible vicio de subrayar los libros.



Días como éstos, envueltos de espesas nubes y amenazando siempre lluvia, son propicios para el recogimiento. Días como éstos, justamente hace unos siete años, cuando apenas iba en prepa y la lluvia me escupía sus verdades como dolorosas agujas en la nuca, cayó en mis manos el primer libro de José Saramago: El Hombre Duplicado rezaba aquella reseña en el periódico días antes de que vinieran a regalármelo envuelto en papel estraza y sin moño.

Quién sabe entonces por qué me empeñé en conseguir un libro del que no tenía mayor certeza que lo que algún desconocido habría escrito en esa lacónica brevedad casi obligatoria del apartado de libros en los diarios.

Lo recuerdo entonces, por ser el primero y por cómo me embelesó al grado de devorar ulteriormente unos diez libros del mismo dichoso autor. Hago esta referencia no con un vanidoso afán de presumir cuánto he leído, porque en el mismo empeño se me puede ir la boca; sino como la observación más humilde que se puede hacer a quien escribe: lo he leído por largas horas, he visto con sus ojos, se me ha enredado el pensamiento tras las palabras, he cargado su nombre en la mochila.

Hoy desperté con ese sobresalto incierto de la muerte distante. La noticia llegó a mi celular, lapidaria y fulminante: Saramago se fue. El remitente es un ser tan amado como inoportuno... Qué modo de despertar ha sido éste… Supongo que lo mandó a sabiendas de mi gusto, ese que se volvió casi un disgusto al saberlo muerto.

En un pasado aún más lejano de cuando comencé a leerlo, cuando aún medía metro y medio y asistía a la primaria, mi mamá y yo nos encontramos a Saramago en el Zócalo a la llegada de los zapatistas. Creo que tenía como diez años en las postrimerías del siglo ese y no tenía ni idea de quién era aquel señor de abundantes y despeinadas cejas. Y al verlo, mi mamá se acercó y fuimos las primeras y las únicas en recibir su firma en un ejemplar especial de la revista Proceso. Supongo que al verme tan pequeña tuvo un gesto de amabilidad medio indiferente, vayan ustedes a saber. Y mi mamá me regaló el ejemplar desde entonces y no conocí su escritura sino mucho después. Hoy guardo esa firma como la prueba fehaciente de que un día me lo topé; pobre niña frente a tamaña personalidad.

Detalle de mi autógrafo de José Saramago



***

Pocas veces he tenido este vahído sulfuroso de cuando muere a quien se lee. Casi todos los escritores que admiro de antemano los sé muertos; así me evito tener que escudriñar en la memoria aquéllas cosas que me legaron y que por natural consecuencia, se ven reflejadas en estas palabras.

Y me he topado, claro está, con un cúmulo interminable de elogios y críticas. Pero por muchos juicios contrarios que pude llegar a leer, mi afición por sus textos nunca disminuyó. No podría renegar de aquél que me hizo gastar tantas horas de modo tan apacible e hizo de una maraña de letras en los ojos, un panfleto de dichas encuadernadas.

Bien podría tapizar este post con un montón de sentencias del portugués, porque soy tremendamente mal educada y tengo la infausta costumbre de subrayar (con lápiz, justifico) los enunciados que me vienen en gana. El triste hábito de la torpe memoria, supongo. Recuerdo que leí en uno de esos libros, hoy no recuerdo bien cuál; a Saramago diciendo que subrayar los libros es decir “fíjate, hombre: aquí hay algo importante”.


***

Inhumano es no opinar, porque opinando y sólo opinando se oponen los pensamientos. Fue una de mis grandes influencias, aunque no en pocas ocasiones estuve en desacuerdo. Y no recuerdo momento en que no tuviera opinión.

Hoy aquí, con este embargo acumulado que traigo desde quién sabe cuándo, pensé también que me hace falta un perro que enjugue mis lágrimas. Y se me acumuló esto…

Me faltó conseguir su libro de poesía, ese que nunca pude comprar por barato. Y me faltó terminar Caín porque lo dejé a medias por descuidarme en la vida. Y me faltó hacer un par de reseñas más sustanciosas de sus libros.

Y me faltó también memoria para recordar un poco más. Pero ya afilé mi lápiz para seguir con esa exasperante manía de subrayarlo… es que no encontré mejor modo de evocarlo.

q.e.p.d.

sábado, 5 de junio de 2010

Las luces que no se extinguen.


A los niños fallecidos el 5 de junio de 2009 en el incendio en la guardería ABC en Hermosillo
A los niños que sobrevivieron.
A los que nos quedamos.




Ciertas heridas no cicatrizan pese a la indiferencia más monstruosa.
La luz de esos espíritus, los que se extinguieron y los que persisten;
el fulgor de quienes ya no están llegó hasta esta ciudad.

El olvido ha puesto un semblante institucional de indiferencia oficial,
de insensibilidad gubernamental y desdén burocrático.

Pero hay quien los conserva en la memoria,
como trozos de dicha que se ha ido,
como quien sabe que el cielo aguarda
y en la tierra habrá quien no guardará silencio.

Por ellos, por los niños de Hermosillo.
No hay una despedida, sino un recibimiento eterno en el corazón.

Son éstas las cosas que no deben de olvidarse.
Son éstos los sucesos que no deberán de repetirse.

Y aunque estamos en apariencia distantes
nos une la misma sed. De justicia. De Paz. De sosiego.

Para ellos. Por ellos.


Vigilia por los niños del ABC. Ángel de la Independencia. Ciudad de México.

lunes, 31 de mayo de 2010

Nocturno ciclista: la alegría de una rodada noctámbula



Las mejores celebraciones suceden de noche. El ánimo festivo suele tener una delicadeza única cuando es nocturna y la alegría se multiplica a un exponente casi infinito: conducirse de noche en bicicleta, por las calles del centro con una ligereza inusitada, la magia de quienes se dejan conducir bajo las estrellas por el puro placer de celebrar años de rodadas diurnas. ¿Cómo evitar el guateque sobre ruedas cuando ya los relojes han comenzado a bostezar?

Comenzó desde las ocho, pero para el empecinamiento propio de una desvelada sin remedio, las ocho aún siguen siendo horas que tienden su vela hacia la tarde. Llegué al filo de las nueve y media a las calles del centro, colmadas de ciclistas de formas tan variadas como las estrellas consteladas de júbilo. Y había estrellas y había luna, con todo y que la gruesa capa de humo sobre la ciudad apenas si las dejaban asomarse.



Pero mis mejores estrellas fueron los amigos que me fui encontrando en el camino, amigos que hice mientras rodaba, compañeros del pedal, amistades inconmensurables: Ernesto, de Bicitekas y Cuauhtémoc, el ckuate.

¿Quién mejor que ellos pueden relatarme la alegría de rodar de noche? Bicitekas tiene la saludable costumbre de salir cada miércoles a pedalear por las calles en un intento loable y amable de establecer un espacio en las calles para los no motorizados. Yo, por vulgares cuestiones de trabajo y falta de tiempo no he podido ir con ellos, pero ya estoy planeando un escape…

Y al andar, con la noche en los ojos y un ímpetu armonioso en los pies, Ernesto y yo platicábamos sobre la posibilidad de un Critical Mass en las calles del centro. Si bien se han hecho algunos en la Ciudad de México, aún no se ha logrado la convivencia armoniosa entre automovilistas y ciclistas por viejas rencillas y rencores añejos. Pero sepan bien que por ese insensato juego de ver quién gana más espacios en las calles o quién es más poderoso en ellas, muchas vidas se han perdido… lo malo es que el ciclista, por su condición, es más vulnerable a salir herido.

***

Regresemos a las alegrías, que para eso he regresado a este lugar. El recorrido fue breve, pero bastante sustancioso: 2.2. kilómetros de calles vacías. No hay caminos demasiado cortos para los espíritus apasionados y vehementes.

La iluminación de los edificios y la suavidad con la que se dibujaban sus sombras me hicieron recordar Guadalajara y la única ocasión que anduve de noche en bicicleta por unas calles que fueron mías por el simple hecho de haberlas recorrido con tanta pasión.

Y es que sólo así, andando y desandando, sucesivamente o en pausas; podemos construir la ciudad sin ese torpe afán de poder ciego al querer controlar las calles. Sea diurno o nocturno, trasnochado o madrugador, el camino es de quien lo anda, ya a pié, en un par o en cuatro ruedas… todos tenemos el mismo derecho de conducirnos por ellas.

De noche celebramos, de noche dormimos. Y así, andando en bicicleta nocturna, soñamos el sueño de una ciudad que sabe conducirse con equilibrio por el mundo.

¡Feliz, feliz!

P.S. El semestre casi ha terminado. Sírvase de entender este texto como el parteaguas de otros que vendrán a raíz de más horas de sueño y menos de clases. Aquí andaré respondiendo comentarios y demás... o en twitter, como usualmente. ¡Besos a todos!

lunes, 1 de marzo de 2010

Y de la bicicleta nació la luz

Nada se compara al simple placer
de un paseo en bicicleta.
John F. Kennedy


Texto publicado en el blog de Taller de Prensa III de la FES Aragón

Sólo a golpe de pedal se puede abrir un camino. Mucho más, cuando el camino se tiene que abrir paso entre las tinieblas de la ceguera: es andar a ciegas… montado en una bicicleta.

Organizado por el grupo de ciclistas urbanos Bicitekas y las organizaciones ciudadanas Contacto Braille y Muévete por tu Ciudad, Paseo a Ciegas tiene el propósito de conducir de manera segura a personas con discapacidad visual en un paseo en bicicleta para personas que han perdido la vista.
En punto de las nueve de la mañana comienza la ventura del itinerario, siendo el punto de reunión la glorieta de la Diana. Armados con una carpa, seis bicicletas tándem y herramientas de compostura ciclista, diez miembros Bicitekas esperan la llegada de ellos, los viajeros sin luz.
El primero en llegar es Ricardo García Escalera, invidente de 60 años, quien no tuvo que esperar demasiado para que uno de los choferes lazarillos emprendiera la marcha a la vanguardia de la bicicleta doble. Antes de salir se le dan unas breves instrucciones al paseante y a la cuenta de uno, dos y tres… se lanzan a la aventura sobre ruedas.

Aprendiendo a andar en bici tándem


Conducir una bicicleta tándem no es difícil, pero tampoco es una tarea sencilla. Ernesto Corona, integrante de Bicitekas comentó en entrevista que para llevar a cabo este proyecto tuvieron que dar entrenamiento a los choferes. “En realidad empezamos a organizar todo esto desde mediados del año pasado con cursos de sensibilización y prácticas para que todos aprendiéramos a usar bien las bicicletas tándem; pero se nos fue el tiempo y decidimos empezar en enero” comentó.
La experiencia del paseo a ciegas se vive desde ambos asientos de la bici. El primer paso es volverse ciego por unos instantes. A oscuras, prescindiendo de la luz con una pañoleta en los ojos, se debe de montar la bici y arrancar según las instrucciones de tu guía. El camino es otro cuando se deja de ver: las vueltas, la trepidación del camino y el acto de pedalear y frenar son acciones que pasan de la simpleza de la cotidianidad a una penumbra vertiginosa. Quien conduce, además de volverse los ojos del viajero, es su guardia.
El segundo paso es manejar la bicicleta, de primera instancia con alguien que puede ver, a modo de entrenamiento. Hay que prevenir al paseante de los baches, advertirle de las vueltas y de los frenos. Asimismo, el chofer puede describir el entorno: el contingente de policletos o los niños jugando carreritas; el murmullo de una clase de zumba o la afluencia de ciclistas en el camino.

A rodar el camino
Del mismo modo que los conductores recibieron adiestramiento previo, quien pasea en el asiento trasero debe conocer las dimensiones del vehículo. “Hay personas que perdieron la vista en su vida, pero las conocieron; hay otros que nacieron con esta discapacidad. A ellos se les debe de presentar la bicicleta, porque nunca la han visto” comentó Ernesto.
En el primer grupo se encuentra Jorge Pulido, presidente fundador de Contacto Braille. “Cuando yo veía, de niño, la bicicleta era uno de mis pasatiempos favoritos. La independencia de andar en bicicleta, la velocidad, el viento y la libertad… es insustituible.” Él perdió la vista a causa del glaucoma a los trece años. Ya en su etapa adulta, cuatro años atrás decidió dar un paseo en bicicleta con sus amigos valiéndose de las bicicletas dobles. Así nació Paseo a Ciegas: del deseo irrefrenable de libertad pese a las limitaciones.

Caso aparte se encuentra el pequeño Humberto, de tan sólo diez años, quien nació con discapacidad visual. Llegó de la mano de su mamá y fue Amaranta, biciteka también, quien le mostró la bicicleta que habría de montar, recorriendo el asiento, tocando los pedales, y reconociendo el manubrio con las manos. Y a la misma cuenta de tres, Humberto iluminó los ojos de quienes lo miraron con su sonrisa.




La limitación primera: el hombre

De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), en México, un millón 795 mil personas tiene alguna discapacidad, 26% de ellas visual. Considerada por organismos internacionales como la segunda discapacidad más inhabilitante, la baja visión afecta a 467 mil personas en Nuestro país, de un total de poco más de 700 mil discapacitados visuales.


Pero el primer obstáculo para ellos no es su ceguera, sino la de los demás.

Este domingo fue particularmente difícil poder rodar por Paseo de la Reforma para los ciclistas ciegos y sus choferes lazarillos debido a la grabación del filme “Espacio interior”, para lo cual establecieron su locación a mitad de la avenida.

Miembros de la Secretaría de Gobierno del Distrito Federal trataron de impedir el paso a cualquier ciclista por la avenida y obligaban al paso por la banqueta, violando así la Ley de Tránsito para el ciclista, el cual establece que no se puede andar en bicicleta por las aceras.

Encarando a los ciclistas, tres representantes del GDF –cuyo nombre no quisieron revelar- se presentaron en la carpa para advertir de modo prepotente que no podían circular por el tramo de Reforma que comprende de la glorieta de la Diana al Ángel de la Independencia.

-No vas a pasar por ahí - sentenció amenazante el empleado.
-Vamos a pasar por ahí, porque es espacio público –argumentaron los Bicitekas ante la afrenta.
-Están grabando la película…
- Tú estás completo, tienes todo. Ponte a pensar lo que es no poder ver, vivir hasta casa del diablo y que una sola vez te dieran la oportunidad de andar en bicicleta y que una bola de güeyes te digan ‘no, no puedes pasar porque vamos a filmar en espacio público’. Y no nada más somos nosotros, todos. –replicó Ernesto Corona.

Y terminó la discusión, pero impidieron el paso finalmente, cruzando vallas metálicas de un lado a otro de la calle, finalizando tristemente el paseo dominical.

De cegueras sabe bien Ricardo García, quien tras haber concluido su recorrido comenta que incluso el arribo a Reforma es complicado. “Hoy es la primera vez que vengo, pero llega uno de verdad a ciegas, porque no hay nadie que nos sepa decir dónde está ubicado el paseo”.





Este cuento no ha terminado…
El camino no se cierra aunque el camino esté cercado, y eso lo saben bien los integrantes de Paseo a Ciegas. “La siguiente semana estaremos aquí, como hemos estado siempre, exigiendo que los espacios públicos sean para todos: autos, bicicletas y peatones” señaló Rodrigo, biciteka también desde hace dos años.

Este proyecto inició con apenas dos bicicletas tándem y hoy, gracias a la contribución de grupos ciclistas como Tlatilkas, Bicirrosis y Bici Cerdos, ya son seis los vehículos disponibles y diez choferes capacitados para pasear a cualquier discapacitado visual de manera gratuita.

Cada una de las bicicletas dobles oscila en un precio de 4 mil a 7 mil pesos en el mercado, siendo las más caras las más funcionales por tener un cuadro bajo, para uso más seguro de ciclistas de baja estatura.

Para continuar, además de bicicletas, choferes y paseantes, requieren visión: la de aquéllos que, capacitados para ver el mundo, tengan también los ojos bien abiertos para observar las necesidades de una minoría: los ciegos, que también son humanos y también andan en bicicleta.


http://www.contactobraille.com/

http://www.bicitekas.org/

http://www.muevetextuciudad.org/

sábado, 27 de febrero de 2010

La insoportable brevedad del tweet

1. Al buen entendedor…
Es el diablo. Prescinde del sueño, se crispa, se alimenta de sí mismo… Es el artificio del rumor, brevísimo cuentacuentos, hacedor de aforismos, sentencial y contundente. A algunos pusilánimes, hasta miedo les da y otros igual de imbéciles ya lo creen en crisis.

Una porción significante de personas dilapidamos nuestras horas en tuitah; algunos por ocio, otros por razones mucho más encomiables.

No es gratuito el descuido de una de mis bicicletas, este blog caído en desuso por la ociosidad de ésta, su dispersión con patas, quien suscribe estas palabras para contarles cómo se ha gastado las madrugadas en twitter.

En ese inmerso salón que es el timeline, donde confluyen la sensatez y la trivialidad para tomar café, hacen falta sólo 140 caracteres. En ellos se suscriben vidas y murmullos, tratados en fragmentos y fotografías encriptadas, poemas como mariposas y secretos en clave de fa.

Escritura lacónica y festín de brevedades. Es twitter.

Aunque de pronto sentí la imperiosa necesidad de volver a mi vieja bicicleta tras dos meses de merecidas vacaciones.


2. Apología de las estrellas
Gómezdelasernas, Cioranes y Lichtenbergs habrían alucinado twitter. O lo habrían amado, qué se yo.

Pelo ha dicho muy bien lo que es favoritear tweets por acá. Cierto es que gracias a ella y a su banda trasnochada, las madrugadas se me han llenado de estrellas. Y no hay más que decir.

Es una silenciosa deferencia del entendimiento.




3. No se hagan bolas
Que algunos zopencos lo satanicen y lo categoricen bajo la etiqueta del miedo es un trabajo de la ociosidad periodística. En ciertos círculos llevan semanas discutiendo si se puede tomar como fuente de información.

Es fácil decirlo: no, no lo es. Twitter es la explanada del murmullo, de los rumores sin confirmar y de la ligereza del chisme. No hace falta estudiar periodismo para entenderlo.

Tuitah no es un medio y que les quede bien claro. Puede usted que me lee, dejar de seguirme o dejar un comentario más tarde, tirarme de a loca o tacharme de tradicionalista.

Saben ustedes ya de casos de pifias surgidas de la nada con sus subsecuentes reacciones coléricas. Y el enojo les dio por hacerle demasiado caso a las personas que siguen. Son ellos los únicos culpables de su ira porque legitimaron twitter como medio cuando no lo es.


4. El ingrato oficio de la escritura
Sí, claro: me la he pasado redactando y leyendo tweets. Como dice Asiain en este tratado, twitter es un acto de escritura. Pero tras meses de estar en sus filas, a mi inconformidad no le ha bastado twitter.

Por eso, cuando quiero ser concisa y entablar un diálogo ligero, escribo acá, porque es el espacio en que mi inmediatez se regodea; cuando creo que me hace falta un poco más de espacio uso Tumbrl (o como diría el Rufián, la necesidad urgente de querer decir algo) y finalmente, mi bicicleta que es este blog, el que dejé un par de meses olvidado debajo de la cama donde descansan mis pensamientos.

Esa es la razón. Pero puede usted pensar, si es que le viene en gana, que a mi holgazanería le gusta tener varios espacios donde recrearse.

Se lo dejo a su criterio.

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De las madrugadas estrelladas o las tardes de sordo debate, de las ganas de entablar conversación o cómo nos llegan las novedades desde el otro lado del mar. De twitter, el diablo que no duerme y su insoportable brevedad, porque en ella se encierra un mundo que se deja vivir a unos y a otros no tanto.

Sírvase de entender este post como la advertencia de mi regreso a blogger. Tengo varios cuentos atorados y un cúmulo de anécdotas que se me arremolinan en los dedos.

Si no ha entendido nada de lo dicho en este post, sáquese un twitter, no sé que está esperando.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Literalgia VI: Cuando las avenidas saben a memoria...



De las pertenencias empaquetadas, no hubo nada más voluminoso que los recuerdos.




Como si las despedidas no fueran contratiempo suficiente, como si andar el camino por última vez no fuera dificultad dolorosa; esta tarde anduve los recuerdos.

Las aceras guardan en su asfalto la imprecisión de lo acontecido en otras épocas. Esas calles no callan: tienen impresas en sus paredes las historias que un día decidieron contarse y basta poner un pié en ellas para que un viento de nostalgia te murmure como en un suspiro, las anécdotas que a golpe de olvido se guardan en los cajones de la desmemoria más cruel.

***

La travesía de la irrealidad más virtuosa comienza justo donde termina la Zona Rosa y el camino que con tanta premura recorrí. Ya desde la Calle de Liverpool y dejando atrás la glorieta de Insurgentes se deja leer una Darinka corriendo con el corazón en la mano y la euforia en la otra… las tardes vagabundas en las librerías y los reencuentros fortuitos con personas que hoy quiero olvidar.

Pero es Paseo de la Reforma la avenida de mis distancias más largas. Se deja escuchar la urgencia de mis tacones corriendo para alcanzar el autobús bajo el yugo aplastante de un horario diurno, corriendo siempre en sentido opuesto al deseo.

Es el circuito de las manifestaciones perpetuas, el festejo tricolor en el Ángel, la ciclopista más extravagante, la galería más excéntrica, el tránsito siempre lento y la indiferencia bursátil. Es la rúa de la saudade y la melancolía, porque desde la Diana hasta la Fuente de Petróleos el otoño se hace permanente.

Llegué ahí por un descuido de mi destino sureño y tuve que caminar la furia de su bullicio por más de un año de vaivenes y traspiés. Fue en sus banquetas donde me llovió la ternura más amorosa por vez primera y llegué a la oficina escurriendo mi amor y oliendo a la humedad del deseo más incierto; o aquélla tarde aciaga en que la muerte se desplomó de un avión, dejándome desperdigados trozos de humanidad por todo el corredor.

En Reforma dejé mis despedidas más sinceras a las personas que más amo y también a las que luego dejé de querer. Siempre me despidieron con dulzura al abordar el camión y hubo manos trémulas que intentaron detenerme en un torpe afán de romper la responsabilidad que se dirige a trabajar. En la esquina de aquélla avenida tuve mi última despedida que pretextó poesía para dejarme el último beso de cotidianidad. Fue frente al Museo de Antropología donde perdí mis lentes y mi hipermetropía se hizo agudeza perenne.

Las horas nocturnas se cuentan por montones en ese camino. Por ahí también trasladé mi cansancio a la salida –ora a pié, ora en nube- para encontrarme con un abrazo, para mediar con mis pensamientos nómadas, para teorizar del desconsuelo…

De esos viajes traté de quedarme con aquéllos donde mis piés perdían el suelo en una bicicleta o donde mis pasos eran impulsados por una situación idílica, caprichosa e inverosímil.

Conservé los trozos de papel donde anoté mi incertidumbre y mis dichas vividas justo ahí, la avenida de las distancias que no se dejan de andar.

***


Esta ocasión ya me esperaba desde entonces… Desde que paseé mi distracción en bicicleta un domingo cualquiera, o al trasladar mi prisa para llegar siempre tarde a trabajar; desde que erré por los camellones, esperando siempre y tratando de matar la impaciencia de una llegada o caminando con un cinismo orgulloso tras la travesura de una calle.

En ese circuito sembré los recuerdos que hoy coseché por ser la última vez que la pisaré con la constancia usual. Leí en cada muro los textos que redacté con la furia de mis puños invernales, con la ligereza de mi pluma en primavera, con papel hojarasca en otoño y tinta de aguacero en verano.

Reforma es el texto más extraño que haya tenido que escribir, porque me redacté a mi misma en cada crucero y pormenoricé mis recuerdos en el asfalto para luego recogerlos de la banqueta porque el olvido los quiso atropellar. Reforma es un verso que no se termina de escribir, el párrafo prolongado de lo inimaginado y el borrador infinito de las coincidencias imposibles.

Sé que de tarde en tarde volveré a mi Paseo de la Reforma montada en bicicleta sólo para desandar los recuerdos y reescribir el futuro…

sábado, 12 de diciembre de 2009

A la Villa en bicicleta: la fe pedalea fuerte



Para llegar al Cerro del Tepeyac, no hace falta más que una bicicleta. El volante va bien agarrado de la fe y los pedales son impulsados por el fervor: aún es 11 de diciembre y ya casi son las doce, momento de cantar las mañanitas.

Esta noche todos los caminos conducen a La Villa. Con la Lupita a las espaldas, globos y su devoción sobre ruedas, los ciclistas guadalupanos llenaron las calles y en cada pedaleada demostraban al mundo que sus promesas también andan en bicicleta.

Ya se dejaban ver desde temprana hora en las avenidas. Las bicis en marcha y la cadencia de esos humildes rayos: velocípedos de panadero, de montaña y los ciclistas más sencillos agarrando camino al santuario guadalupano.

***

Aquél que pudo salir de la cama y volver a mover sus piernas, toma su bici para dar gracias a la morenita del Tepeyac. Tras haber pasado por el quirófano, las piernas de Gerardo recobraron la movilidad como por obra de un milagro. Un accidente casi lo dejó inválido y ahora pedalea cada año a modo de agradecimiento.



Ahora mismo, Gerardo está tumbado en el suelo, con la imagen de la virgen a espaldas mientras intenta arreglar el estropicio de la cámara en la llanta de la bici de su compadre. Lleva dieciséis años sin faltar a la cita, y agarrar la bicicleta ya es una tradición entre sus amigos y vecinos de Tulyehualco. “Mientras no esté en la cama y la virgencita me permita llegar a su casa, seguiremos andando”.

Cierto fervor comodino promueve que el guadalupano también se mueva en bicicleta: Ricardo salió de prisión hace dos meses, y no teniendo más que su bici, se lanzó a dar gracias con ella. “Pues es más rápido ir en bici” me dice, mientras me observa de modo medio burlón. “Ni modo que me fuera a pié” y alarga con pereza la última sílaba, aguardando que la cámara de su llanta quede finalmente parchada.

Son pocas las mujeres que andan montadas en bici para ver a la Virgen de Guadalupe. Argelia tomó su bicicleta desde San Juan Ixtayopan en Tláhuac para ir a ver a su morenita. Hizo una pausa justo frente a mi casa para tomar aire y seguir con su camino, pues tiene una promesa que cumplir. No dudó en pedalear de noche hasta llegar a la Basílica. “Es el esfuerzo de todos los que vamos. Por eso nos vamos en bici”. Y antes de arrancar su Benotto nuevamente, se santigua.




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Enfilados con cierto desorden, las bicicletas componían la marcha más perfecta para la Guadalupana, como cuando se entonan las mañanitas en una fiesta, donde siempre hay algunos desentonados, cada uno tiene una modulación distinta en la voz y canturrea cada cual con la alegría que le sale de la garganta.

De ese mismo modo, justo a la medianoche, las bicicletas en las avenidas cantaron con efusividad y fervor la serenata de cumpleaños: Estas son las mañanitas… pero ninguno de ellos dejó un instante de pedalear. Aunque hubieran de llegar un poco tarde hasta el Cerro de Tepeyac.

Será que el esfuerzo del ciclista foráneo es la oración menos dolorosa, pero no por ello menos honesta a la Guadalupe del Tepeyac; que el equilibrio en bicicleta es la evidencia más virtuosa de que llegarán a la Basílica por su causa o que sólo sobre ruedas no se deja de hacer oración.

Y es que aún no sé si la fe mueve montañas, pero vaya que moviliza bicicletas.



jueves, 26 de noviembre de 2009

Post Nuevo

Pocas cosas reemplazan la amena sensación de romper el empaque. Somos los dueños y seremos también los primeros en probar su lozanía. Lo inédito, lo desconocido, la incertidumbre de lo que vendrá, su frescura dispuesta sólo para nosotros. Flamante e insospechado, accidental o premeditado: es lo nuevo.

Hablo de esa incertidumbre deleitosa, la seducción de lo efímero, el placer de un estreno, el deleite de la novedad, la efervescencia emergente, la presentación de lo insospechado…

De lo nuevo se llenan las planas de los diarios y de novedad se nos colma la boca y los ojos cuando leemos sus páginas. Quien niegue su gusto por la novedad, miente casi siempre.

Bajo ese deseo, asistimos a estrenos de películas, esculcamos en las estanterías de novedades en las librerías, esperamos el lanzamiento del siguiente disco, la presentación de obras en la galería, contemplamos con admiración al nuevo en la oficina, estrenamos atuendos casi siempre en ocasiones que por su singularidad lo ameritan, inventamos palabras y las bautizamos como neologismos. ¿Que no nos gusta lo nuevo?

Aceptémoslo: nos regodeamos en ese hervor inmediato de la novedad y no sólo eso, sino que especulamos sobre su llegada: todavía no se publica y ya estamos vislumbrando las letras y la temática; aún no lo escuchamos, pero ya adivinamos la tonada; no se ha terminado de cocinar y ya nos saboreamos el manjar.

Decía Lipovetsky en su libro El Imperio de lo Efímero, que de novedad se llenan las estanterías y fundamentamos los preceptos de la sociedad contemporánea en una futilidad de escaparate. He ahí la moda y su bullicio ataviado de seda. Basados en la apariencia, mandamos al diablo la tradición. ¿A quién le importa una tradición cuando se está in?

En el terreno de lo personal, las cosas no distan mucho. No hay inquietud más agradable que imaginar el beso del hermoso extranjero; nada más memorable que el momento –esa breve fracción de tiempo- en que supe por primera vez de ti. Nada como el incierto vahído que sentimos cuando conocemos a alguien.

Hay quien gusta tanto de la novedad, que está en permanente cambio; su vida se vuelve una veleta atenta a la volubilidad del tiempo y de la época. A esos los llamamos volátiles e inestables, porque están subyugados a esa sensación irrepetible de lo nuevo. Aquél que se queda embelesado con la innovación está condenado no sólo a la futilidad, sino a la apariencia engañosa de lo pasajero y a la fugacidad momentánea. Son los perpetuos insatisfechos.

Ahí tiene usted a nuestros legisladores: reformadores permanentes de la ley, siempre con una iniciativa debajo de la manga. Están también los teóricos empecinados en crear conceptos e innovar en la academia. La actualización constante de los sistemas operativos para que al año tengamos que cambiarlo, el lanzamiento de marcas, la fabricación permanente de ideales. Hay quien inclusive ya envasó el olor a auto nuevo. Nos inventamos problemas, proyectamos escenarios, concebimos lo que sigue, lo que sigue, lo que sigue…

¿Por qué gustamos tanto de la novedad? ¿Será que el lastre de la civilización occidental es una ligereza desprovista de raíces? ¿Es cierto eso de que la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar?

Esa insatisfacción no es nueva y son ya muchas generaciones disgustadas en permanecer. El anhelo y la inquietud quizá sean lo único que se arranciará en nuestro comportamiento. Yo misma vivo de la inmediatez y por eso hoy escribo este post nuevo. En una semana lo supliré con ideas etéreas, frescas y… nuevas.


Renovarse o morir

Que no se me malinterprete, porque no pretendo que carguemos con los vicios añejos para la posteridad. No es mi intención exhortarlos a que se afanen a todo hasta que ese todo se haga un guiñapo. No se trata de morir o matar… Renovarse también implica corregir y depurar.

Quiero suponer que el día en que lo nuevo llegue sin esa urgencia de siempre y aparezca como una mutación natural a algo mejor, entonces sí… seremos una civilización renovada.


N.B. Como diría Pelo... cuando la imaginación me escasea, cito autores.