
Y el periodista tuvo ante sí la noticia y quiso contarla. Y tuvo en sus manos la posibilidad de narrarla de distintas maneras. Con el suceso en su poder, el informante puso sobre la mesa los diferentes géneros periodísticos de los que habría de valerse para dar parte de la realidad.
Con sumo cuidado, pero con la premura inherente a los episodios, el periodista adoptó el nombre de reportero y contempló la posibilidad de hacer que sus palabras se transformasen en una nota informativa, siendo sus principales aliados la objetividad, la brevedad y la sencillez; pero la encontró demasiado escueta, pobre en detalles y carente de elementos literarios.
Reparó también en la alternativa de crear una crónica, y sus herramientas fueron la descripción meticulosa y la narración detallada con gesto cronológico; pero encontró en la crónica la futilidad de la temporalidad y la distancia de quien sólo cuenta lo que sus ojos vieron sin querer ir más allá. En ese afán de trascendencia en los hechos, quiso hacer preguntas y se volvió entrevistador, pero encontró que la entrevista centraba su razón de ser en el personaje cuestionado, dejando de lado los sucesos.
Finalmente, como reportero que quiso ser, encontró el reportaje y pudo conjugar la nota, la crónica y la entrevista revestidas de investigación detallada y pormenorizada, con la cualidad de la trascendencia en el tiempo y el espacio. El periodista encontró por fin su vocación de reportero en el reportaje, pero advirtió a final de cuentas que el reportaje no le permitiría plasmar su sentir, su visión y sus opiniones todas. El periodista optó por dejar de ser reportero.
Sin dejarse vencer luego de este primer concienzudo análisis de los géneros periodísticos, el periodista que quería imprimirle criterio a sus historias inquirió en su argumentación y en la responsabilidad que conlleva el plasmar sus consideraciones para el público.
Adoptó el nombre de articulista y se valió de su persuasión y su retórica para poder contar su historia en artículos; pero se enfrentó a la dificultad de la intermitencia en la regularidad de sus palabras. Tomó el nombre de reseñista, pero su panorama se acortó a los sucesos culturales. Valiéndose de los elementos lúdicos del lenguaje visual, se pensó cartonista y dibujó su realidad con los elementos inquisidores de la mordacidad y la brevedad; pero lo encontró sumamente juicioso y temporal.
Sin perder la paciencia y a sabiendas de que su intención era la de emitir juicios y valorar la realidad, el periodista se puso la camiseta de la editorial y marcó la línea de un medio, pero ante el carácter de anónimo e inmutable de la editorial terminó por desistir.
Por último, se colgó al cuello la etiqueta de columnista y encontró en la columna un lugar fijo para plasmar su opinión; la actualidad fue el pan de mesa y la periodicidad de sus argumentos se volvieron cotidianidad en sus palabras.
Cuando el periodista despertó, se dio cuenta que sus noticias habían pasado por cada uno de los géneros periodísticos y se supo a sí mismo pleno por haber desarrollado la locuacidad en una multiplicidad de formas de contar la historia de una realidad colectiva. Cuando el periodista despertó, supe que era yo.