Quien cometa la infamia inconsciente de decirme que no se ha soñado a sí mismo volando cuando menos una vez en su existir, en la feroz afirmación vendrá implícita su condena: usted no es humano, aunque vaya por la vida aparentando que lo es, o de plano es un mendrugo de existencia que no ha soltado aún las cadenas de la realidad que lo mantienen pegado al piso.Provisto de alas o de un invisible hilo conductor celeste, empapado del estupor del vértigo por el vacío o con la ligereza de las aves, quien se contempla en sueños surcando las atmósferas más lejanas a nuestra condición terrenal es tan normal como poner los pies en la frialdad del suelo matutino al despuntar el alba.
Seamos honestos, estimados lectores... la humanidad se ha empecinado en volar. Somos tercos, empeñados en lo imposible, envidiosos de las aves, necios obstinados de las nubes y desdeñosos de la tierra. Recuerdo bien aquélla venturosa comparación: los omóplatos de nuestra espalda... las alas que no llegaron a crecer.
La persistencia por otras atmósferas ensanchó la imaginación de nuestros inventores en su faceta más soñadora: desde Da Vinci a los mentados hermanos Wright.
El tiempo pasó y nos trajo un avión: torpe manera de despegar, el insulto mecánico al cielo, una herejía tan mundana como el atrevimiento mismo de querer volar sin que se nos haya concedido el derecho, la herejía de las alturas con motor y el desafío a las normas no escritas de la impericia humana y social.
Dicho lo anterior, aclaro a mis lectores que nunca he puesto un pie en un avión, aunque en una ocasión tuve la insolencia celeste de surcar el cielo capitalino en un helicóptero. Para mi ingenua fortuna, tuve la feliz ocurrencia de no morir en el atentado.

Los sucesos recientes en su constancia actual nos quieren decir algo: el hombre, por su calidad de humano despojado de virtudes cósmicas, tiene prohibido volar. No es gratis que las aeronaves tengan que acuatizar, como tampoco es coincidencia la gran cantidad de accidentes aéreos sucitados en días anteriores. Tan sólo en un día, tres aviones se precipitaron al suelo: Buffalo, Los Angeles y Londres fueron los lugares donde la desvergüenza por los aires finalmente se cayó.
Los amantes de la modernidad y los viajes habrán de enfrentarme y decirme que jamás llegaríamos al otro lado del mundo si no existieran los endemoniados aviones. Pero el periplo que comienza en el suelo, en el suelo acabará... de mejor o peor manera.





